El sujeto está sentado en una silla, a la mesa. Tiene el hábito de tomar una medida de whisky por la mañana, con el pelo revuelto, sin pantalones y una camiseta cargada de resabio nocturno. Tras la transparencia del vaso, mira cómo lo acaricia una boquilla barata de industria extranjera que juega a caérsele de entre sus dedos, y a la vez, piensa que ésta le sirve para canalizar la tensión del mal sueño que aun, a media mañana, le domina el cuerpo.
De vez en vez, mira de soslayo su media cara superior que se refleja en un pedazo de espejo algo opaco por el polvo, y piensa en sus padres, esos ciertos tipos de igual factor sanguíneo, pero RH negativos.
El doctor está en un rincón, posando sobre un sillón mecedor toda la pesadez de los años. Hoy no trabaja, pero circunstancial o equivocadamente se puso una camisa blanca y una lapicera con el trazo ilegible en el bolsillo del corazón. Trae zapatillas de lona que se le resbalan en los pies, conformes con la decisión de mantener los cordones desatados en homenaje al feriado. De vez en vez, se frota las manos una contra la otra y piensa en el sujeto sentado a la silla y también en mi, como si fuéramos enfermedades de una historia clínica lista para ser escrita.
El sujeto y el doctor se sienten cómplices (como si a mí no hubiese costado nada concretar esta cita), pero cuando se dan cuenta de que voy a tomar notas de lo que en nuestra conversación considere relevante, miran ciegos en derredor, como desconociendo los cargos que los relacionan entre sí.
Yo no estoy menos incómoda que ellos. En principio porque temo que quieran desnudar mi lenguaje y hacerme una mala jugada, y en seguida, porque de a ratos la mente se me pone en blanco cuando veo las drogas sobre la mesa.
Cuando señalo el vaso con alcohol, el sujeto me mira y me dice: "Dulce o seco, blanco o tinto, suave o fuerte, se mezcla con tu sangre". Huele el interior del vaso como si con el olfato lo estuviese saboreando, y bien lo define como "disfraz de la finura que embelesa el deseo sexual mientras perdés el control en el desempeño. Tu ansiedad y tus miedos se vuelven libertinos, pero tu organismo no conoce de tus límites. El alcohol es algo de enfieste o mucho de desastre sexual".
El doctor parece sorprendido, puso las cejas cerca de su cabeza (más allá de lo que su frente se lo permite). "Es así, – agrega con un aire de experimentado – el alcohol tiene un efecto paradójico sobre el comportamiento sexual: puede aumentar el deseo pero empobrece su desempeño. Una o dos copas inhiben el miedo y la ansiedad, por lo que se puede controlar e incluso prolongar el acto. El resultado, mucho goce y buen orgasmo. No obstante, abusar del combustible puede causar un desastre sexual, y a veces puede hasta producir impotencia transitoria. El resultado: algo de vergüenza y baja estima".
El sujeto, como intentando desviar la atención hacia lo que él tiene para decir, me ofrece un cigarrillo ya encendido: "Con el tabaco algunos dicen que no pasa nada bueno: 1) el hedor hace que te alejes aunque te inviten a los placeres; 2) a causa del deterioro de los vasos sanguíneos dicen que, por sable chico, perdés en el campo de batalla. El tabaco es un elegante vicio post sexual, aunque un genuino destructor de la estima masculina y la causa del incremento de mujeres histéricas".
El Doc se ríe y asiente, pero agrega que no es algo totalmente comprobado: "es cierto que algunos estudios sobre grupos experimentales han dado como resultado la afirmación: si se fuma se tienen todas las posibilidades de reducir el pene o dañarlo aun más que a otros órganos porque perjudica los vasos sanguíneos que son los protagonistas biológicos de la erección. Esto no se convierte por ello en una aseveración científica universal, y además, – sonríe – aun siendo yo un fumador resentido, no he notado la diferencia longitudinal en cuestión".
El sujeto hace iguales cosas que cualquiera haría en soledad sin inhibición, pero además, hace iguales cosas en compañía. No se sabe si experimenta el sexo con su yerba tan al desnudo por el solo placer de ser visto, o si lo hace por la ingenua travesía de engañar a la libertad. Sin embargo, lo que sí se sabe es que le gusta que lo miren, pero que no digan nada. Cuando le pido que me hable de cómo es el sexo bajo el efecto de la marihuana, guiña ambos ojos y levantándose de la silla, y acompañándose con los ademanes de sus brazos, se pone a recitar: "Luz, cámara lenta, acción. Los músculos se desperezan. Las sensaciones se intensifican. Aunque muy lentamente, el caudal del placer se introduce en los rápidos de la mente. ¿Límites sociales?, ¿sentido del tiempo?. Nada de eso. La percepción llega a la cima del touch; y repentinamente tus ojos se tiñen rojos de furia, pero al reírse denotan que tus intenciones se desvían hacia la paz mundial. La afable yerba te acompaña y esto es suficiente. ¿Vos pensás que Gandhi no pensó en el alimento para su revolución?. La marihuana: linda manera de acariciar; pero que no se encapriche muy a menudo, porque la testosterona, con dolor de cabeza, se irá a dormir".
Prendidos de un porro, los dos escuchamos las acotaciones del profesional. Los dos, o mejor lo tres, porque el Doc de repente habla como si no fuera él, pareciera que se le alejara y se le acercara la voz de la boca, y que el cuerpo se le fuera derritiendo de a poco en el piso: "la marihuana estimula, relaja, desinhibe, intensifica las sensaciones y desacelera las reacciones. Quien la usa experimenta un aumento del placer durante el acto sexual. Pero si se usa muy a menudo, se reducen los niveles de testosterona (hormona sexual masculina), lo que se traduce en la disminución del deseo y el desempeño sexual".
Entre droga y droga, debo admitir que tuve suerte: aquí estoy, sentada a la mesa, enfrentada con lo que creí que serían dos de los mas diferentes juicios sobre los estupefacientes, con un vaso de whisky, y despreciando otra pitada del faso que se consume entre los dedos del sujeto. Tuve suerte o quizás es otra alucinación, pero hasta ahora todas las palabras que intentarían matarse sobre mi anotador, parecen sustraídas de una misma enciclopedia. Acaso tendría que pensar en que mi entrevista terminará siendo un compendio entre la ciencia y la experiencia y abandonar la idea de los límites que éstas mutuamente se imponen en el imaginario de un colectivo que no es más que el que, supuestamente, nos deja bien a todos.
El sujeto me cuenta que los cuerpos nunca, hasta ahora, le habían resultado atractivos; que incluso, y durante mucho tiempo, experimentó con la auto satisfacción, adminículos electrónicos y vegetales, pero con todo, nada sublime allí se producía, absolutamente nada que se asemeje a los resultados que obtiene al experimentar el acto sexual con su femenina y fiel virgen. "Ella necesita sólo que mi volición se de por vencida ante su contacto para lograr que, en un instante, casi sin poder percibirlo, yo trascienda la cumbre orgásmica. Sólo ella es capaz de invadirme de tal forma que, conectándose con los orificios de intersección que hay entre mi cuerpo y el mundo, me muestra lo que es el pleno placer".
Antes de que me siga contando, se me escapa imprevista una pregunta que no quise olvidar de pronunciar: ¿Probaste con éxtasis?. El sujeto y el doctor se miraron pensativos, se pararon en el centro de la habitación y me arrebataron la pasividad: "¡Aaaaah!...paso para aquí, paso para allá. Salta tan alto y tan popular. Eufórico candidato de los felices. Escuchás cómo late el corazón del raver que cuelga en el centro de la pista; y te parece que hizo cortocircuito el cartel luminoso, si no, ¿de dónde salen las chispas?. Demasiado calor, que nadie se quite el sudor; que nadie se abstenga de convidarse de mi mineral, porque no. Porque esta es... ¡la Droga del Amor!. El éxtasis (E!) es una terapia perfecta para descargar energías y socializar. No se asemeja a los veranos norteños, pero sí que da calor. Hace que se te eleve el espíritu, pero nada más". "Sí - dice el doc. Los estados de euforia y sociabilidad aumentan, al igual que la energía física y emocional. Además el éxtasis puede provocar alucinaciones auditivas, visuales y de tacto. Pero su uso prolongado genera tolerancia y dependencia y los efectos que eran agradables se convierten en confusión, depresión, paranoia. Lo insólito de su slogan es que no está comprobado que aumente el deseo o el desempeño sexual".
El sujeto – me dice - supone que la ilusión humana de la plena satisfacción es altamente estrecha, y antes de que el sonido provocado por el choque de nuestros vasos, (que acaban de brindar compulsivamente por nuestra suerte), disipándose en el cuarto, se fusione con la música del silencio, bruto, ya se tomó un trago que, me doy cuenta por su reacción y su gesto, le dio picazón en la garganta: "A ella no tengo que pedirle explicaciones, me absorbe confiadamente y me abandono suelto a la experiencia para que se aventure en mí. Se manifiesta tan naturalmente que me llena de fuerza vital, y aunque la muerte esté latente, una inhalación de su belleza me vigoriza. Muy a menudo ella, no sé si con algún propósito o no, me libra tan dulcemente, que hasta pienso que se vuelve invisible. Clavándome una mirada sensual, se aleja de a ratos para probar si llego a extrañarla. Me deja solo a mí con mi cuerpo, para amarme de la manera más egoísta, pero sin errar en olvidarla".
El doctor se incomoda al ver que el sujeto apoya una bolsa con cocaína sobre la mesa. Su nerviosismo se pone en evidencia con el temblor de su pierna derecha que empuja histérica contra el piso. Cruza las piernas y me mira, mientras yo descubro una grabadora que oficiará de testigo cuando mis letras le pidan que reproduzca aquellas palabras que el sujeto escupe tenso sobre el nylon, y exageradamente enojado con la ficción: "Ya sé que soy la mejor, ¿te vas a arriesgar a perderme?, ¿a entregarme?, ¿a convidarme?. En cinco minutos te puedo clavar mi estandarte de conquista, cuando a vos sólo te alcanza el tiempo para inhalar. Juntos somos grandiosos, ya lo sé. Tara-ta-tán!...¿te gusta que te toque ahí?, ¿estás excitado?, ¿estás a mil?, ¿estás al palo?...Mirate cómo estás; y después alegás que sos inofensivo. Cómo te gusta el sexo impulsivo; al final, qué buen trabajo que me saliste. La cocaína, amargo y exquisito aliciente para el salvajismo carnal; pero como otros polvos, un día te puede ser infiel. ¡Por abuso!".
"Son sólo palabras de amor de la blanca – me ayuda a entender el hombre de ciencia. La falopa, la merca, en 5 minutos te produce un estado de euforia, de aceleración y de grandiosidad. Es altamente adictiva, disminuye el sueño, la fatiga, el apetito y produce una sensación de bienestar. Además, si es inhalada, aumenta la respuesta sexual. El problema comienza cuando se abusa de su consumo porque, a la larga, puede provocar esterilidad e impotencia sexual".
Después de que ha pasado un tiempo de reloj, tan compenetrada estoy (mientras el sujeto me habla de su incomparable y cortés doncella y mientras el doctor trata de ampliar la charla con su conocimiento o de confundirme con su olvidada adicción), que cuando la dama entra en escena sin pedir permiso y se recuesta frágil y fina sobre la mesa, extrañamente yo me siento cómoda con su presencia.
Supongo que, (ahora que el sujeto acerca una silla para quien es protagonista en nuestra charla), su cercanía me producirá cierta atracción. No sé si terminará por impactar en mi acetilcolina pero, hasta el momento, una especie de temblor interno me sube por las pantorrillas, y ya, tan rápido, lo voy sintiendo en la espalda, mientras ésta, con el rostro sonriente, se va acomodando entre nosotros: "Ahora tenés que animarte. Vas a comprobar que, aunque estés en medio de una multitud, o sólo yo te esté mirando, la dama te abraza tan fuerte y dulcemente que te hace sentir que están sólo vos y tu cuerpo terrenal. Pero no cometas el error de olvidarte de ella ni por un segundo, porque los que han olvidado cómo amarla han sido abandonados a lo peor de sus maltratos, condenados a la locura irreversible y a la cruel impotencia".
Con esta atractiva invitación, el sujeto, acercándose, me provoca una inusitada confusión. Ya no puedo negar que estoy siendo seducida ingenuamente, pero temo probar de la palma de su mano que, sin celos, se extiende convidándome. El doctor ya se ha tirado sobre la mesa y en sus ojos se descubre el ansia de atraparla. Se olvidado el pañuelo en el bolsillo, y la blanca le cosquillea la nariz. Cuando peco en mirar, una virgen radiante y con una risa se entrega dispuesta a jugar conmigo y mi cuerpo ansioso. Yo, no sé que hacer.