Monday, November 28, 2005

Profundo

Estoy olvidando la causa por la que me desafiaste en el instante justo, cuando mi mundo herido se derrumbaba, cuando desfilaba ante mi visión derretida en lágrimas tu estética disfrazada de bondades.
Ahora es mi momento, porque mientras me desnudo de tu presencia, a vos te abraza la oscuridad de la noche justiciera. Esa que al fin, reclamando su imperio, oculta las estrellas y la luna, para que no te afanes en el hurto de su luz; y esa que, despojándote de su abrazo, te arroja hacia la venganza de la fiel soledad.
Aunque implores impunidad, el ansiado veredicto va a llegar cuando mi cara se dibuje tras una sonrisa nerviosa y se precipiten sobre tu rostro enmascarado las lágrimas insensatas de tu fracaso.
Y vas a tener que aprender a llevar sobre la frente tu memoria que se porfía en traicionarte con recuerdos que, transformándose en la esencia de tu tiempo, te invalidan en la eternidad de tu existencia.
Todo se rinde al esperado cauce y sin renegar de su gratuito destino. Y, sin saber que ese es mi deseo insalvable, yo vigilo con el estandarte de la verdad que me entrega atada a la cárcel de la libertad.

Las Paredes

Se apagan las luces de una noche larga, tan larga que la luz del día se está encendiendo, y ella aun sigue insomne bajo las miradas de las paredes heridas. Se acerca y roza su cara contra el rostro dibujado al lado de su cama, pero sigue sintiendo la muerte en aquella habitación.
Es Él mismo, pero en diferentes posiciones, la misma mirada. Ella lo ama aunque nadie quiera entender su amor, es frío, pero lo mas cálido de su habitación. Tras horas sin parpadeos las lágrimas humedecen su mirada, pero Él sigue absorto en la pared y calla.
Una mirada de odio se ve desde la cama si ella clava la suya hacia la nada, eso le produce miedo, pues, si llegase a despertar, explotaría el eco en la intimidad de sus secretos. Pero ella sabe que no respirará, aunque lo ansía, y que su quietud no la incomoda al atrapar su cuerpo de desesperada palpitación.
Una mirada sexual se ve desde un rincón del cuarto, pero ella no la reconoce, pues, de esas enfermedades se vive. Hasta hoy no ha podido hablar de su cansancio porque el único ser que la ha conocido supo de la muerte.
Una mirada de profunda tristeza se descubre inclinada y perdida en el espacio de luz negra; es Él quien mira tristemente, es ella quien se compenetra. Trata de alcanzarle su mano pero Él se cubre las heridas, mudo, arrodillado. Ella se vuelve para abrazarse de compasión, Él la ignora y la vigila.
Hay miradas en las paredes que no lloran como su respiración en el vidrio transpirado y no abrazan con manos temblorosas y expectantes de dulzura y no sienten como alas heridas de tanta libertad. No piensan como el cálido viento que roza la luna y no se enamoran como la melodía del tiempo.
Vuela en plumas acariciada por su terciopelo, encarcela su presencia fugaz y golpea las paredes heridas del jamás.

Grito

Aire expelido de vulneración que embelesa mi ansiado éxtasis, una expedición de tu temblorosa garganta que encuentra su fin en el ardor de mi lengua, ágil y sedienta de comparecencia.
Tu voz aliena mi débil sepulcro y soy extraña a la sensación. Lloro lágrimas de cristal que congelan tu paso, y eso te complace.
Pero mis pies arrastran un ancla camino a ese grito, el que aturdiendo tu compungido miedo, se vuelve misterio pendiente de doradas plumas, como preservando tu cordura; tal vez porque puedo contornearte, adivinarte, desearte en un lugar inmerso del desierto.
Pero me abraza tu frío en el instante insomne, explota en mi frente una lluvia de estrellas precipitadas desde lo alto de un nirvana, destellos que saben tanto, que mueren en el juramento del silencio, de locura enigmática.
Voy a seguir convaleciente a la espera de su fin, que el grito sea llanto, sea mar calmo de tu vigilia, permanezca hoy en su esencia virtual, muera mañana en un suspiro cálido sobre la piel.

Fluctuante

Me estoy ahogando en un mar de angustia, en un mar por su inmensidad y su lejanía, un mar que se reduce a una gota cuando me enseñás a no temer, a mantener mis pies firmes cuando me ofrecés tu mano sobre la mía. Mis pies se dejan llevar cuando te apartás y siento que el frío se condensa y se esparce por todo mi cuerpo. Mi cuerpo está helado y en cuanto te pienso se derrite en lágrimas que no puedo detener, lágrimas que sos capaz de evaporar con el contacto de tus dedos en mi cara. Incluso la misma distancia se aleja de mi y me está quebrando el alma, alma que intenta apagarse al querer cerrarme los ojos...y así, solo me queda la esperanza...de saber que las lágrimas empujan mis párpados y no me dejarán cerrarlos...aun me dejarán ver tu cara en una ilusión...Nos prometimos cuidarnos y no dejarnos ir y por eso me estoy esforzando, sin ser en vano para mi esencia, no voy a cerrar los ojos, no voy a dejar de imaginarte, no voy a dejar de soñarte, porque construimos un lugar para quedarnos siempre, dentro tuyo, dentro mío, un lugar capaz de protegernos de todas las desilusiones, de todos los sufrimientos e incluso de nuestras propias pulsiones de soledad, tan innatas, tan reales...ese lugar es solo para nosotros...para los dos...
Aunque el mundo se está cayendo en tu tiempo, tiempo que odiás, tiempo que me castiga, sé que ese lugar está esperando, pero ¿cuánto tiempo será?, ¿será tiempo perdido?, ¿será el tiempo mas largo de todos los tiempos?...aun me atrevo a pedirte que no me dejes olvidar que existo en tu existencia, que no me dejes contener los suspiros, me atrevo a pedírtelo temblando palabras...no me dejes, no me alejes....

EMOCION

Una percepción insensible renace presa del imaginario de una realidad virtual. Se va intensificando con las ansias de tus movimientos, y tus pensamientos te rebasan de incertidumbre al deslizarse en la abstracción de su inexistencia.
Y en la búsqueda de una causa perdida, encontrás con los ojos esclavos de la obnubilación un ser que, en el engaño de tu desazón, anhelás a tu alcance, pero que, sin que lo percibas, te alcanza con sus dedos ágiles hasta rozarte.
No obstante, resbala por tu cuello una ola de emociones que te desnudan ante su tacto, y al tratar de ocultarte más cerca te rodea. No te avergüences, no puede juzgarte aunque lo codicie.

Sunday, November 27, 2005

POXIRAN

Eran las dos de la tarde. Lo sabía porque el portón de entrada, desperezándose, despedía un sonido latoso de placer. El motor del modelo 83 tosía al compás de sus pulmones plagados de cáncer carbónico y, además, las botas anunciaban su aterrizaje con la explosión de la suciedad sobre el piso desnivelado.

Por esas horas, solía esconderme en el cuarto de atrás. Era uno de esos cuartos que se levantan en las casas sin un nombre, sin una finalidad, y que van definiendo su existencia a través del tiempo, cuando los habitantes recurren de vez en cuando para alguna orgía ilógica de sucesos o simplemente para abandonar algún artefacto inservible, pero querido.

Ese cuarto era mío de una a dos. Era como mi retiro territorial porque no se parecía al resto de la vivienda, aunque semejaba su derrotismo. Cuando me paraba enfrente de la pared, cuando me concentraba con obnubilación en los resquicios del maltrato que ésta me presentaba, ya el tema no era la habitación, ni la pared, ni el arte del tiempo: el tema era encontrar una respuesta al por qué de mi aislamiento, de una a dos.

Tras el tiempo me fui dando cuenta de que en realidad no me avergonzaba de aquello que imaginaba, de cómo me vería ante los ojos de algún curioso, no era eso, era simplemente que la práctica del suspenso, el hábito de escapar, le daba ese touch hollywoodense a todo lo que inventaba para mi, para encontrarme con otros o perderme en lo temperamental de la lógica de locos.

Si acaso no es así, tendría que pensar en todo aquello que hago a solas, o en lo que pretendo compartir - sin compartir - con otros; en las cosas que se reducen a mi conmigo mismo, cuando me convierto en aspirante del esquilmo ajeno. Y podría perder mi pensamiento en la vasta generalidad, porque en el fondo y en la superficie no podemos ir mas allá de nuestra humanidad.
Volviendo, aunque todo parecía tranquilo cuando entraba la siesta, ésta me implantaba una angustia miserable por dentro y se me erosionaba el espíritu con el temblor de mi sapiencia tras el ir y venir y devenir y volver de mi equilibrio juvenil.

Ese día traía pantalón camuflado y una remera de 10 años, pasada por agua. Me miré los pies para ver si traía calzado, y vi que de la punta de mis zapatillas se quería escapar una hilacha. Ya era tiempo de esperar que alguien me regalara unas zapatillas nuevas, como hace un año cuando mi madre había repartido la compra y me habían tocado unas pumas grises, que parecían usadas.

Con divagación y todo, seguía mirándome el calzado porque el ruido de los pasos que se acercaban parecían venir desde mis propios pies, pero éstos estaban anclados en el suelo y no podía ser yo quien deambulaba.

Los pasos traían consigo una presencia y me irritaban el estómago al punto de provocar en mi una reacción anticipada: ¡Que ya voy!

Había llegado, luego de minutos de conmoción irascible, el órgano contralor del estado nefasto. Decía muy desidiosamente que no venía a castigarme, que a mí lo que me hacía falta no era educación, porque la educación estaba privada para los aprendices de la calle que esperaban en la miseria por un destino infelizmente inmutable.

Yo necesitaba – decía – coraje y poder de determinación; el cambio, la ambición. Pero yo no quería cambiar, ni quería cambiar todo a mi alrededor. No quería irme de ese cuarto entre la una y las dos, no quería perder la noción del tiempo en cuanto me olvidara del ruido del portón. O tal vez, lo que no quería, era ampliar el límite entre mi cuerpo y las paredes del cuarto de atrás.

¿Qué tenés ahí? – me preguntó estirando el cuello como si buscara imponerse a la ceguera que derramaba la oscuridad de un cuarto sin ventanas.

Es la misma bolsa – le decía con mi pensamiento mientras la arrugaba dentro de mi puño tenso para extirpar todo el vacío que fuera posible y ya no pudiera explotar (ese vacío mucho tenía de mí, me entraba y me salía por la boca como si fuera un conducto clandestino de cruces disimulados, ilegales).

No le voy a decir nada de esto a tu señor, pero quiero verte dentro de media hora en el centro.

Yo pensaba en infinitos centros que conocía. Esos lugares desde donde uno puede partir. Esos puntos indefinidos que se convierten en sitios seguros de acuerdo a nuestra necesidad de desplazamiento. Cuál sería el centro donde me esperaba... a dónde iría yo a caer finalmente...

Se me vino a la mente un centro indescifrable. El centro de mi cuerpo, el centro de mi vida. Aunque aun seguía allí la presencia, yo me adentraba cada vez más hacia mi centro impenetrable. Me disponía cóncavo, como si por la boca el espíritu fuera absorbiéndome el cuerpo.

Cuando cambiaba mi perspectiva, la relación que había trabado con mi medio ambiente comenzaba a disgregarse. Sentía liviandad mientras me despojaba poco a poco de aquello que me acompañaba en vida física.

La presencia ya no era excusa para responder a la retórica del buen hacer: cayeron la remera y el pantalón, me descalcé, me desnudé y la piel se me fue chorreando hasta ser transparente, ni siquiera conservaba su textura: se me deslizaba, me envolvía y me apretaba. Me dolía, me asfixiaba.

Fue tal la transformación que, repentinamente, me convertí en ese vacío que inhalaba y exhalaba. Aun si la presencia siguiera enfrente mío me sentía resguardado, dentro de mi bolsa.
Cuando el tiempo tiene su parámetro, de una a dos, sigo conectado con el mundo que me agobia. Necesito de ese horario y de ese cuarto que existe para refugiarme. Necesito despojarme y envolverme en mi bolsa, en mi puño tenso, en mi inhalar y exhalar, en mi centro.

Mas tarde

Mas tarde que cuando la noche se ha dormido, mas tarde es cuando empieza mi vigilia

RITO NOCTURNO


Se acercaban las 3 de la madrugada y él, dominado por una infantil impaciencia, ya empezaba a sentir ese cosquilleo inquietante en el pecho que lograba alterarle los nervios. Otra vez una sonrisa sensual se apoderaba de su cara, recién lavada por el rocío nocturno, porque iba a encontrarse con su hermosa ninfa. Ella lo miraría con sus mañosos ojos felinos, su boca le acariciaría el cuello con un soplo cálido y sensual logrando la excitación y sin pronunciar palabra alguna, sólo dulces y melódicos sonidos, dejaría caer la seda blanca que la cubría y que dejaba transparentar sus tiesos pezones apoderados por el frío. Se entregaría sin resistencia, cuerpo y alma, ciega, entera.
Él abandonó los cartones que semejaban una cama, que había construido para apaciguar la dureza del piso gélido, se cubrió con una colcha empolvada del aire de la ciudad, se miró en el pedazo de espejo que había recogido de un basurero a metros del aposento y el llanto le inundó los ojos vidriosos, sin saber si sus lágrimas se precipitaban alegre o tristemente.
En uno de los rincones de la sucia habitación, reposaban en el suelo una caja vacía de vino, una foto recortada del diario de una chica exóticamente bonita, un corpiño negro de encaje y el cebo de una vela que se había consumido hacía meses atrás. Antes de salir, se quedó unos segundos mirando aquel rincón. Pensó que era afortunado, pues todo eso le pertenecía, y el cuadro reflejaba un simbolismo profundo de su vida de carencias y exquisiteces.
Con los pies descalzos, escapó por la puerta que simulaba un trapo. Afuera reinaba la neblina blanca de las alturas, pero sus ojos se esforzaron tanto por avistar el camino hacia su dama, que ni la ceguera se lo pudo impedir.
Cuando llegó a su destino, un lugar desértico y oscuro bordeado por una hilera de árboles añejos pintados del color del otoño, golpeó casi silenciosamente en la posada de la mujer tres veces para avisar de su visita. Ella, de piel blanca casi translúcida, lo esperaba recostada sobre un terciopelo de color bordó que envolvía su cuerpo como en resguardo de un objeto suntuoso, hermosa, imponente, indescriptible. Un duplicado de la llave del candado de la puerta estaba en manos del hombre, para que éste ingresara apresuradamente todas las noches, sin hacer ruidos que pudieran despertar al dueño de la posada, que seguramente, estallaría en ira si lo viera tocando a su mujer.
Él se adentró sigilosamente, dispuesto a recibir el femenino cuerpo, y ella se entregó sin resistencia. Ya sin cuidado, se besaban con pasión mientras se acariciaban salvajemente el uno al otro. Se montaron, primero él y luego ella, con una pasión tan intensa que el calor se iba apoderando del frío y estrecho ambiente, introdujeron sus cuerpos en el medio de una erótica hoguera, mientras sangraban de placer, gozaban de dolor y se fundían en uno mismo.
Cuando los primeros rayos de luz anunciaban la cercanía del amanecer, él la abrazó con la suave manta para vestirla, la recostó y le acomodó los cabellos, sin percibir que, al acariciarle la cabeza, un mechón de su pelo rojizo enredándosele entre los dedos, se desprendió de la cabellera sin que ella le hubiese reclamado el arrebato; la besó por última vez esa mañana y emprendió su viaje con los pies heridos por las piedras dispuestas en el camino que se hincaban como astillas filosas.
Al llegar a su refugio, miró su rostro nuevamente en el trozo de espejo, empapado de la transpiración de los corruptos amantes y esta vez rió, sin saber si su risa explotaba alegre o tristemente.
Durante 2 meses, como con la vehemencia de los fanáticos, los amantes consumaban el encuentro para su rito nocturno, y éste era la única razón de sus existencias, quizás lo único en lo que con ímpetu encontraba él la causa y las fuerzas para vivir en las condiciones indigentes en las que vivía, y encontraba ella la trascendencia de su belleza.
Una de las noches, cuando ya se aproximaba la brisa helada que traía consigo el mes de Julio, el cuerpo maltratado del mendigo, cansado de soportar 47 inviernos, pero que presumía unos 60, se preparaba para el sensual desafío de la noche que se acercaba con la caída del sol débil de la tarde. Pero esta vez no fue igual.
Camino a su desértico destino, percibía un olor putrefacto que le producía náuseas, distinto al hedor de la basura al que estaba acostumbrado; le dolían los pies ampollados y llenos de lastimaduras, que le pesaban más que de costumbre; su cuerpo temblaba sumido al viento álgido que, burlándose de la polvorienta colcha, penetraba en sus huesos enfermos; pero su deseo de verla y hacerle el amor era mas fuerte que todo ese sufrimiento.
Llegó a la posada y golpeó tres veces, aviso acostumbrado, pero ella no lo estaba esperando esta vez. En su lugar, se encontró con la intensidad de una luz que se proyectaba desde unas linternas directamente sobre su rostro, y que le lastimaba los ojos confundidos. Al instante, se le abalanzaron 5 hombres briosos que, intentando sujetarlo por la espalda y gritándole con furia, consiguieron que el amante se rindiera cabizbajo y aturdido.
Los patrulleros rodeaban cual árboles el lugar, como noctívagos ocultos en la oscuridad, preparados para un ataque salvaje, y sin embargo, tan compenetrado él, no se había percatado del acecho. Lo esposaron de pies y manos, y durante todo el camino recibió los escupitazos de asco de los hombres de seguridad, que se alternaban con algún que otro insulto contra su condición de humano.
Lo encerraron en el calabozo y al día siguiente fue protagonista en la primera plana de los diarios de la ciudad. Finalmente, sería tenido en cuenta por quienes lo ignoraban a diario. Lo recordarían como el enfermo o el loco que asistía al cementerio para profanar el cuerpo de la famosa prostituta desaparecida hacía 3 meses y hallada muerta a la orilla del río.

ENTREGA


- Lo que exhalabas sobre mi cuello desnudo por la noche, lo guardé en una cajita de cristal.
- ¿Nuestros desbordes de fluidos verbales?
- Sí. Se convirtieron en mares que ondean bajo mi cama. Mi península descansa en tu bahía y no puedes apiadarte de mi ancla.
- ¿Pensaste en bañarte de mi mar? Tu pelo flotaría hermoso en las profundidades.
- Mi piel encontraría, por vez primera, descanso en la oscuridad helada del fondo oceánico.
- Si pudiera ofrecerte mis brazos de agua te abrazaría la piel para perfumarte.
- Si pudiera recibir tus brazos, mi ansiedad hecha flor se quemaría en el aire de tu propia respiración, sangrando las penas que crecieron durante años, en el seno de mi superficie, en el círculo de mi penumbra.
- Esos años que regalaste a la crueldad de mi ausencia van a florecer en el medio de la calamidad para atormentarte de una ansiada ternura.
- Los días en que, afablemente, remaste en mi regazo, son la causa de una tempestad más grande que el tormento de los dos, más fuerte que los vientos de nuestro hálito de dragón herido.
- Pero el dolor nos ha convertido en espectros de la perseverancia, sabios del encuentro espontáneo de nuestros sueños que caminaban en el abismo del perecer.
- En el sudor de las escamas del tiempo estaba la esencia de la sombra que caminaba con nosotros en sueños, ilusión que dio origen al espectro que, deseoso, reclama la posesión de nuestro dolor, para transformarlo en sabiduría, para luego, como bien tú dices, hacernos perecer.
- Pero, ¿cómo sientes ese despertar cuando, dándote cuenta de mi presencia, descubres que la crueldad del tiempo nos aleja para vengarse del amor?
- Me enfrento a la amargura de un destino que no tiene más dueño que su propia derrota, a un futuro que me llama por mi nombre para mostrarme tragedias, para hacerme retroceder a un pasado que, reclamando los indicios de mi memoria oculta, me condena eternamente a las tinieblas.
- Si te animas a cubrirme bajo la capa de tu sutil brillo podré enseñarte a flotar entre las plumas del destiempo, salvarte de los abismos de la demencia y enseñarte la herida del placer.
- Hay ciertos abismos en los que es mejor caer con la soledad del alma. Sólo podría caer adherido a tu piel si aceptaras que mis alas son inertes en el precipicio de tus sueños, y si me apresaras para nunca poder confundirme durante el tiempo terrenal, al que se aferra mi espíritu cansado.
- Sólo me colgaré de tus alas el día en que tus lágrimas, sólidas, se lancen al viento de huracán que surge del abismo que reclama nuestras voces como suyas, y que habla con nuestro discurso marchito y cansado. Ese día, cuando tus lamentos se hagan seda entre mis manos y agua en las profundidades de la oscuridad.
- A veces me he disfrazado de una figura inanimada para moverme tras los biombos de tu realidad escondida; a veces he murmurado tus deseos nocturnos bajo la sombra de mi quietud; a veces he lastimado tu silencio gritándote con palabras mudas. Pero hoy, he descubierto que puedo poseerte en mi inexistencia.
- Será hoy el tiempo de un final anunciado, del susurro concebido en sueños y nacido de nuestro despertar agitado, en una mañana negra y mustia. Es hoy el tiempo de nuestra explosión.
- Deberíamos, alcanzándonos con los dedos, atravesar las barreras de la impotencia, y desnudándonos ante la luz de nuestro encuentro, dormir la irrealidad de nuestra existencia mundana. Yo, me atrevo a elevarte sobre el macrocosmos donde se mece nuestra energía catódica, para que la hagamos resplandecer en la eternidad de un suspiro. Yo, propongo que nos elevemos sobre nuestra electricidad, y que, atravesando nuestro espacio vital, dominemos la atmósfera que nos permite respirar.

UNICORNIO

- Te imagino con estrellas en el cuerpo y el pelo plateado y brillante. Tenés ojos de reptil y sos Unicornio. Portás presumidamente plataformas de rayos y un cofre lleno de espuma suave. Así, te frotás prisionero de tu inseguridad contra las paredes lastimadas de una burbuja. En los contornos llevás impresas las escrituras de tu pasado, pero las inscripciones no pueden taparte, hermosa criatura. Y, en las noches de estrellas fugaces, tu cuero experimenta una dulce metamorfosis.
- Esas son las noches en que, sentirme animal de las nubes, me place. Te pregunto con palabras ocultas si puedo intentar someterte a mi propia transmutación.
- ¿Y yo que seria?
- Tú serías mi pulcritud dominadora, te cubriría una piel calcárea de texturas suaves. Tus ropas largas y sombrías reflejarían tu belleza mordaz. Tu lado atractivo pero peligroso. Con el pelo en llamas y mechones purpúreos me vendrías a reprochar.
- Pero tu descripción no revela mi sonrisa. Quisiera, además, ser de cuerpo joven, eternamente, capaz de bañarte de mis lagrimas de éxtasis extraviadas, que se desvanezcan como pétalos de cristal.
- En una caja aterciopelada, acariciada por un viento contaminado del aroma de las flores de cristal, te guardaría para que pasaras conmigo el resto de tus días, allí habitaría tu ánima y tu muerte, en eterna armonía y juventud, por siempre.
- Necesitaré alimentarme con tus destellos.
- Mis destellos atraviesan la cúpula oscura que nos esconde del mundo, allí descansan los reflejos de mis cabellos para que los tomes.
- Lo sé, no me prives de tu alimento. Mis venas se encienden a la fluorescencia cuando tu cabello apenas me roza de delicadeza.
- Es tu decisión tomar esos destellos o dejarlos languidecer; o plantarlos en el jardín de tu soberbia para que crezcan y broten temibles; o tal vez sólo quieran existir de la esencia que fluye en la sangre de la criatura hermosa, pero cruel, que los alberga. Y el agua que destilan tus pechos será el nutriente de los seres que eligen la sombra y que odian el reflejo de la luz de la enfermedad y la muerte. Tu fulgor será una antorcha que nos guiará en la noche.
- Tu crueldad sobrepasa mi voluntad de rechazarla, me fascina tu delicado poder y, arrastrándome, me fundo en tu egoísmo.
- Aah....Tu inocencia sin memoria me llena de temor, porque lo que nunca supiste es lo mismo que va a suceder, es lo mismo que gira a tu alrededor y se repite. Somos seres de la noche, pero nuestra noche es un refulgir púrpura frente a la mirada de los ojos que piden piedad, recreamos con nuestras miradas lo íntimo de los cuerpos que sufren. En nuestra piel se corporiza un espíritu agitado, naciente del centro de la matriz de las tinieblas, hielos azules de un planeta sin tiempo, habitado por nosotros, seres sin memoria ni piedad.
- Una retahíla de eras y mundos se albergan en mi corazón corrompido por el aliento de tu suspiro, no me tengas miedo cuando deletree tus vidas absorbidas en el aire.
- Y tú, estrella, no temas cuando mi mano tome las hilachas de tu rencor para llevarlas a la tierra del olvido, no temas cuando mi perdón lleve tus culpas a ese lugar lejano del que nada regresa.
- Sólo nosotros y nuestros cuerpos sabremos cuando el viento nos acaricie hasta hacernos flotar en la eternidad de la hermosura. Será nuestro secreto más difícil de soportar. Suspendidos en la brisa de lo oscuramente bello, pendiendo de un hilo de seda, daremos sepultura infinita a la angustia existencial de nuestras vidas. Pero necesito saber si sos capaz de protegerme en medio de tanta agonía, el mundo de las tinieblas me ha rasgado los brazos y aun, lastimosamente, confío en vos.
- Yo no tengo brazos tibios capaces de abrazarte sin hacerte daño, pero en mí crecen plumas ágiles cubiertas de un atrayente color brillante, que en su despliegue atajaron tempestades y quebraron glaciares.
- Con tus caricias me vas a flagelar de lo más hermoso y suave, no habrá pasiones mundanas capaces de dormir la ansiedad de que me poseas. Quiero inhalar el aire de tus pulmones convulsionados por la agitación, contaminarme con el carbono de tu respiración ansiosa y, alejándome de la soledad mundana, exhalar mi vida en este presente fantástico. Quiero que, libremente, dibujes círculos de plata con tu cabello sobre mi aura extasiada, necesito rodearme de tus impulsos estelares que me lleven a la profundidad de tu vida.
- La electricidad de tu mirada alimenta la maquinaria cansada de mi alma, que retorciéndose en el vacío infinito de la nada, se aparta del plano abstracto de las perspectivas imposibles. No te pierdas en la fantasía de crayón ingenuo, acompañame a construir el mundo que nos espera para florecer de mi vientre y de tu fuerza cósmica.
- Mi fuerza no es más que el resabio del néctar que una vez me diste, mi fuerza es el espectro de tu verdadera faz. Sobre la estela del tiempo aprendí de tus labios, me necesitás porque me fundo con tu piel y me arrastro sobre tus pies de terciopelo.
- Mis pies se disfrazan de telas suaves para ocultar los estigmas del dolor, las marcas de un tormento que sólo el sufrimiento conoce. Mis heridas sangran ríos de amargura, que no empañen tu dulzura, oh! viajera del tiempo y del abismo!!
- No me tengas miedo, pues no habrá estigmas en mi abrazo de placer, quiero cubrirte las heridas con el beso suave de mi lengua y acariciar tus cicatrices con mi rostro descubierto. Ya no sentirás la implosión de tu corriente sanguínea mientras mis roces desparramen la locura que nos une.
- ¿Y qué hay de la cordura de mi torrente espiritual? Habrá en tu bahía un lugar para un barco insustancial que ha naufragado?
- No me preguntes sobre destinos, aún no has dejado que te roce el alma. Si así, con el ánimo exasperado me deseás, podremos llegar a los puertos de la perfección e inundar con tu espíritu todo mi mundo. Podrían explotar los mares de tu inconsciencia...y sentirte libre navegando sobre mi piel...
- Estrella, he de irme hacia la Luna, a dormir, a no existir..
- Puedes irte sigilosamente, guardando mis caricias y soñando con esta noche de estrellas fugaces...Quizás sólo así, existirás en mis ojos.

IMPLOSION

Sobre sus caderas el encaje se funde con la piel produciéndole una sensación de seguridad; manos fuertes que abrazan su equilibrio. Frente al espejo refulgen brillos robados de las estrellas que resbalan por su rostro; explora rozándolos con sus dedos para poder entender la belleza de su imagen. Sus labios están pálidos, pero suaves; fríos pero deseosos. El labial se penetra en su índice tembloroso, que de puerto en puerto se desliza por su boca dibujando un rojo de placer. Un instante en su mente y un flash que termina en el retrato del recuerdo; el impulso muere en su mirada. Sus pestañas se elevan femeninas hacia lo desconocido del cielo anunciando el sueño concretado al juntarse en un cerrar de ojos; sus párpados retienen una lágrima feliz sobre su ceguedad. El aroma a rosas se despereza desde su cuello hasta su pecho con la danza de su mano sobre el cuerpo y sugestiona su palpitar; un mareo derrota contra un rincón sus piernas dulces y delgadas que hacen equilibrio sobre tacos de charol negro. Las uñas largas se le quiebran al rasguñar la pared áspera pintada de sudor y de su boca un suspiro de ángel ahuyenta de su mente los oscuros espectros de la culpa. Su mente está en blanco cuando siente llegar el fin, pero se le aparecen sus contornos dorados acariciados por sus brazos largos. Los dedos tensionados parecen pedir piedad en la agonía, pero sus gestos dicen que su cuerpo está entregado. Una gota de placer se resbala por su cabello y se pierde en el vapor de su cintura. Sus manos trabajan incansables potenciando su sexualidad; hacia adelante y hacia atrás dibujan círculos de fantasías con núcleos de energía en implosión. Una sonrisa se apodera de su cara cuando el fin acaricia su cuerpo; contrae los músculos con fuerza para no gritar. Su respiración muere al no poder exhalar la felicidad innombrable, y agoniza en un suspiro cálido de débil ternura.
Luego del orgasmo, sus ojos recuperan la mirada en el espejo pero ya no ven lo mismo; prefiere no mirar. Guarda uñas, pestañas, encaje, pinturas y tacos en un maletín de cierre hermético. Aprieta su cinturón para no perder el equilibrio. Moja sus labios en whisky para quitarles el color. Se pone los anteojos para ocultar su mirada. Se ajusta la corbata hasta dificultarse la respiración y empieza a actuar.

TESTIMONIO DE UNA MEDIA MUERTE

Al abrir mis ojos, me encontré hundido en una profunda y gélida oscuridad, en un lugar donde el tiempo se encogía y se estiraba a su antojo, en un sitio desconocido donde yo no alcanzaba a diferenciar entre lo bondadoso y lo que con malicia me acechaba, y donde me sentía como preso de mi debilidad, de mi ingenuidad, de mis necesidades, por no poder dominar el control sobre mis movimientos.
Desde el principio, tuve que aceptar mi condición de esclavo, y ello no porque me resignara, con la falsa certidumbre de avistar un final digno, a permanecer simulando la ausencia del temor, sino porque no tenía alternativa, pues el sometimiento no me daba la posibilidad de conocer la existencia de la libertad, aunque mi interior sospechara de tan ansiada naturaleza.
Así, y por si fuera poco, aunque lo añoraba intensamente, no podía ignorar su presencia; no tenía ni la más remota posibilidad de pactar las condiciones de nuestra convivencia, y mucho menos de elegir una huída. Sólo me quedaba lidiar con mi orgullo (pues yo sabía que era superior a esa criatura) y acostumbrarme a esa molestia inquietante que tanto me frenetizaba. Estaba obligado a estar ahí, pendiente de esa fiera que, espiándome con una mirada fija y recalcitrante, invadía día y noche mi territorio.
En principio, me aclimaté de modo tal que el compartirlo todo no fuera causa de mi continuo malestar. Pero no fue fácil, tuve que aprender a partir en dos todo lo que yo creí que me pertenecía por completo, tuve que amoldarme a un molde doble con la carga de mi justo egoísmo que me pesaba en los pensamientos, tuve en fin, que aceptar que nuestras carencias sólo se diluirían si éste me daba de lo suyo y yo se lo daba a él.
Vivir con él no fue sencillo, tuve que atravesar por momentos realmente desagradables: las primeras semanas, bajo el efecto de un insomnio que se había instalado en mí, apoderándose completamente de los sueños que me hubiesen pertenecido, mis párpados débiles pero decididos, no se cerraron en la vigilia, hasta que acepté que ya conocía perfectamente todos y cada uno de sus movimientos, a tal punto, que cualquier reacción que emanara de la criatura, se me presentaba totalmente predecible.
También estudié sus sonidos, que por cierto, bastante lograban perturbar mis frágiles oídos. Sus bramidos, que para los demás simulaban ser inofensivos y hasta tiernos, en realidad, eran provocados por él con el único fin de convulsionar mi silenciosa tranquilidad. Su vocerío se sentía terriblemente agudo desde el interior del recinto, pero desde fuera, no sé por qué motivo se oía, al parecer, tan falto de malicia y hasta cómico.
Pero lo que más me molestaba era su mirada que, obstinadamente paralizada en mí, me apuñalaba por adelante, por atrás, por los costados. Ni un pestañeo. Ni un brillo amable. Siempre seca. Fija. Dura. Era una de esas miradas que saben poner nerviosa a la gente, porque la hace sentir examinada y desprotegida en la espera indeseada de una calificación doliente, porque estar a prueba da miedo.
Pese a todo, y sin encontrar mejor alternativa, opté por rescindir de mis derechos de propiedad y adaptarme a esa especie de visita permanente, enojado ante la idea de que éste era alguien que estaba ahí, conmigo, para quedarse, porque entendí que era la única manera de preservar mi cordura ante tal invasión.
Habiendo tomado la determinación de esforzarme para lograr que la convivencia fuera más llevadera, y con el pasar del tiempo, sucedió algo inesperado. Puedo decir que, si bien me resistía a aceptar el nuevo sentimiento, en el fondo de mi ser sabía que él me interesaba más de lo previsto.
Traté, por ello, de entablar algún tipo de relación que me permitiera achicar las enormes diferencias que nos separaban, aunque claro, sin que él se diese cuenta de que yo quería más que eso que, en realidad, mi personalidad sensible se había conmovido con él hasta el punto de sentir la necesidad de prestarle un abrazo de protección. Acaso, tal vez, inusitadamente una parte de mí había a empezado a quererlo. Si él no se daba cuenta de ello, no tendría yo que abandonar mi lugar de superioridad.
Intentar acercarme a él, con sigilo, se convirtió en un desafío cotidiano. Cada vez lo hacía con más entusiasmo y empeño, hasta que un día me di cuenta de que esa horrible criatura se había convertido en mi obsesión.
Ya no me importaba que mi apasionamiento repentino fuese evidente, ya no interesaba si él, aprovechándose de mi debilidad, empezaba a exigir más y más cosas que yo tuviese que resignar. Sólo me abocaba a la tarea de complacerlo, de que éste se fijara en mí y yo fuese importante para él, porque ya no imaginaba este mundo tan estrecho sin su presencia usurpadora, ya no me atraía ser el único, y supuse, entonces, que la resguardada soledad empezaba a atemorizarme.
Pude comprender que ese otro se había convertido en la razón de mi existencia, me veía íntegramente reflejado en él, y sabía que yo no podría estar sin él ni él sin mi. Sin él yo no sería, y él era sólo conmigo. Había una conexión entre nosotros que nos convertía en un par de telépatas, así, no sólo podía yo saber de sus pensamientos, sino también, podía sentir su dolor y su alegría, y él sabía, sin que tuviese que decírselo, cuándo yo tenía hambre y cuándo frío.
Sin saber por qué, ni si esta nueva circunstancia me haría mas fuerte o más débil, terminé por aceptar que lo amaba, que lo necesitaba tanto como al oxígeno y, alegrándome el corazón, se me escapaba de vez en cuando una risa por saber que él sentía lo mismo por mi.
Sin embargo, todo mi esfuerzo y dedicación puestos en él, todo lo maravilloso que yo había descubierto en ese tiempo, todo lo compartido y palpitado conjuntamente, resultaron un cúmulo de emociones vanas. Hubiese preferido odiarlo para siempre, nunca haberme relacionado con él, ir contra lo sensible de mi ser, a tener que enfrentarme a la peor de las desgracias: el abandono, y con él, nuevamente la soledad.
Fue una madrugada de un día cualquiera en la que desperté al escuchar sonidos que me eran totalmente desconocidos, voces aturdidoras, ruidos metálicos, pasos acelerados, gritos escalofriantes, respiraciones agitadas. Sentí un temblor que me subía por las piernas y en un instante ya me había conquistado todo el cuerpo. Estaba muy asustado. No sabía lo que sucedía afuera, pero percibía que se trataba de algo trágico. Y no me equivoqué.
Desde la posición donde me encontraba era fácil ver lo que hacía mi compañero, pero esta vez, hubiese querido que el susto atrajera hacia mí una oscura ceguera. Esa madrugada lo vi distante, y no pude llegar a él. Fui testigo de cómo mi par, que aún conservaba su mirada fija en mi, trataba de librarse de una cuerda que, rodeándole el cuello, lo asfixiaba. Pero sus pequeñas manos eran demasiado débiles y sus esfuerzos resultaban ineficaces, con cada movimiento que hacía intentando escapar sólo lograba enredarse aun mas.
Su rostro, de ser de un pálido casi transparente, iba tomando de a poco un color morado cada vez más intenso, haciéndome creer que de un momento a otro estallaría, dejando plasmada para siempre en mi la imagen que de su sufrimiento se reflejaba. Su mirada, que tanto me había costado reconocer, iba opacándose al escabullirse el brillo en lo que parecían sus lágrimas, se apagaba como abandonando para siempre sus ojos, y ya no podía estancarse en mi.
Cuando pude dejar de auto compadecerme por lo que me tocaba presenciar, traté de ayudarlo inútilmente, porque estábamos separados por unas cálidas paredes que impedían nuestro roce, estábamos físicamente incomunicados y aunque yo hubiese querido traspasar esas barreras para socorrerlo, no hubiera podido llegar a tiempo. Me sentía el ser más impotente y la ineptitud me cuestionaba. Sólo lo vi morir. Y a mi me hicieron nacer.
Recuerdo que lloré tanto, tanto, que tenía los ojos hinchados, la cabeza como si me quisiese explotar de la presión y la boca amortiguada. Minutos mas tarde, yo estaba en los brazos de mi madre, quien me acariciaba con amor y cautela. Me sentía bien, pero no podía olvidar el destino de mi mellizo muerto, ni la imagen que quedaría grabada en mi mente para siempre, la de su última mirada de dolor.

RESUMIDERO

Y te diste cuenta de su profundidad luego de un largo tiempo en el que mantuviste tu mirada instantánea, fija, penetrante.
Introdujiste en un corto y frío suspiro un caudal de temores, que de haber permanecido en el letargo de tu interior, de pronto despertaron y convulsionaron tus emociones.
Podrías haber imaginado todo un mundo constante bajo una profundidad que te resultaba desconocida, pero con su fluir incesante sólo lograste describir los puertos de la perfección.
Hay algo en el fondo que se esconde, y su escape te está cegando sin dejarte distinguir entre las imágenes que elevaste más allá de tu incertidumbre, entonces tus ilusiones, ya cansadas de la utopía y la ficción que muere en su realidad oculta, encuentran en la superficie el lugar más eterno de existencia.
Tu voluntad no se ha rendido, todavía perdura tu mirada instantánea, fija, penetrante...Y aun queda la esperanza en tus ojos de encontrarte en tu lugar.
Un objeto extraño cae en la profundidad y de pronto tu mundo tiembla, una ola débil y tímida se abre sabiendo que su destino es desaparecer en cuanto se atreva a romper sus brazos en tus límites, y que luego de fundirse con todo ese mundo, nacerá nuevamente en el vértice de esa realidad abocada al centro de tu mirada.
Vuelves una vez más a animarte a temer, se despiertan tus emociones y se enciende aquella esperanza que estalla en tus ojos, los que arden a tu quietud.

NOCHE DE ESTRELLAS

Y esa madrugada, la madre de Ms. Débora se despertó con un grito desesperado, transpirada, con una lágrima precipitada a la orilla de su alma. No lo podía entender, ¿de qué se trataba la naturaleza?, ¿quién había decidido aquel destino malicioso sin saber, tal vez, que lastimaba tan cruelmente su dignidad?, ¿sería pasajero, o sería una circunstancia permanente ante la que debería rendirse cabizbaja y desconsolada?. Todo eso se preguntaba mientras enloquecía en la incertidumbre, día tras día, sin poder apagar su impotencia. Esta madrugada no era distinta de las anteriores, era sólo un episodio más de su espasmódica locura.
El flaco Martín, apenas escuchó el primer sollozo corrió a consolar la histeria, pero no hubo respuesta. Ella, apartándolo como si fuese un desconocido, lo miraba fijamente, como clavándole la furia de sus fracasos; sus vidriosos ojos estallaban en la sanguinaria corriente de su llanto, sus uñas se incrustaban en la cama como buscando un resguardo y su boca temblorosa sólo preguntaba ¿por qué? y ¿por qué?.
Martín, con un gesto de resignación, la abandonó para que ella pudiera encontrar la tranquilidad de su soledad, pero mientras él se alejaba, sentía que la angustia le estrujaba el pecho (un pecho suave y blanco donde, de vez en cuando, se reflejaba un brillo misterioso en cuanto un rayo de sol, escabulléndose por una rendija de la ventana de su habitación, se le posaba elegantemente).
El flaco, interiormente, sabía cuál era la causa de esa tristeza que se apoderaba del sueño de su madre, pero no podía intentar siquiera pensar en una solución, pues la única alternativa que aparecía en la mente de Martín cuando pensaba en las maneras de adormecer aquel dolor, era la ida definitiva de Ms. Débora; que desapareciera de sus vidas y fingiesen que jamás había existido.
Pero la madre no podía pedirle eso a Martín, esa solución atroz no era posible, pues él era el único que hubiese tenido la fuerza suficiente como para enfrentarse a esa situación, la de pedirle a Ms. Débora que renunciara a vivir con la Señora y con él, que pusiera toda su ropa y accesorios en una valija y la botara para siempre. Y la madre no era tan cruel, aunque su silencio no se trataba de su piedad sino que era debilidad lo que no le permitía tal petición.
Y así estaban acostumbrados a pasar los días. Luego de una noche de desespero y trauma, venía la calma de un amanecer en que todo seguía igual, con el resabio en el aire que respiraban y la carcajada de una ironía que disfrazaba los continuos intentos de omisión, la repulsión y el alma reseca en la búsqueda de un respiro se convertían en diálogos protocolares y complacientes. "Te voy a preparar la comida que mas te gusta" - decía la mujer, (y eso que de hipocresía ya tenía bastante).
Por su parte, a Martín le resultaba estúpido pretender que nada extraño sucedía, pero trataba de no provocar que la situación fuese más turbia, y ante la actuación maternal respondía siempre con los ojos sonrientes, aunque sabía que el ambiente se encontraba bajo el acecho de una explosión latente, y que sólo un débil suspiro de disconformidad podía presionar el botón para que todo sentimiento volase en mil pedazos. Mientras caminara tan silenciosamente que sus zapatos parecieran como hechos de aire, y asegurara cada movimiento, evitando con ello el despertar de la ira por Ms. Deb., todo se plasmaría como en un viejo, pero bello, cuadro.
A las 21 hs. del jueves, casi como en un rito cabalístico, mientras sonaba David Bowie, Ms. Débora empezaba con su producción por el maquillaje: máscaras, rubor, correctores, sombras para ojos, purpurina, que arquear las pestañas, que delinear, que resaltar, y con sumo cuidado jugaba a que el labial sabor fresa, deslizándose, contorneaba la perfección se sus labios. Con el maquillaje tenía una relación especial, pensaba que una mujer que protegía su maquillaje de los imprevistos del acontecer era digna de portar el epíteto de Reina. Por eso, para acomodarlos de manera que perduraran como nuevos, los guardaba en lo que llamaba el sarcófago de la belleza, tenía un cofre de madera color púrpura que había cubierto de genuino terciopelo azul y que al que en la tapa le había colocado un espejo (que siempre se mantenía reluciente, cual su rostro lavado de cremas femeninas).
De vestidos, minis, blusas, corsés, boas, elegancia, el armario rebalsaba, y cada conjunto de ropaje y accesorios guardaba el secreto de alguna historia. Por eso, ella sabía cual sería el indicado para la ocasión. Tal vez esa noche querría seducir a un señor de pelo dorado, y para eso tenía su conjunto de encaje con aplicaciones de oro verdadero. Tal vez fuera afortunada en seducir algún que otro principiante, y para eso tenía ese conjunto que sin dejar que nada se escapara, insinuaba sus curvas perfectamente.
Pero se le complicaba a la hora de dominar su cabello, nunca había adquirido esa habilidad, así que optó por invertir en una exagerada colección de pelucas: rubias, negras, rojas, azules, verdes, peinados lacios, recogidos, batidos, largos cortos, en fin, tenía lo que se le antojara repentinamente.
Su producción finalizaba a eso de las 23, porque entre plumas y brillantina disfrutaba una copa de champagne y un cigarrillo, práctica que la hacía sentir una verdadera estrella.
El show comenzaba con un monólogo humorístico, cantaba, bailaba, imitaba a las divas y hacía participar a los espectadores, que de vez en cuando, se ruborizaban ante la imponente mujer. Luego del show recibía su paga y volvía a su casa (siempre y cuando ningún caballero se dignase a contratar sus servicios). Pero antes de entrar volvía la angustia, en su casa no era ninguna estrella ni mucho menos, incluso no era ni ella misma.
Y esa madrugada, la madre de Ms. Débora, o mejor, del flaco, porque de día era Martín, se despertó con un grito desesperado, transpirada, con una lágrima precipitada a la orilla de su alma y sin poder entenderlo.

LA RUBIA

Entre la pesadez de las sábanas que me cubren, cual mantos de terciopelo suntuoso, cargadas de mi cansancio e impermeables al viento nocturno, y como queriéndose fundir con mis pensamientos, por previsible, el murmullo me atrapa. Hace días que pretendo evitar enfrentarme con aquel aliento que, subestimando mi honra, me susurra de cerca.
Excusándome tras la sombra que proyecta una lámpara encendida, no cedo a sus placeres, hasta sentir que mi alma se hiere de sueño. Pero ya me produce incomodidad, pues durante el día, cuando se aparece simulando espontaneidad entre las conversaciones dispersas, consigue convencerme de su malicia, pues absorbiéndome, se nutre de mis debilidades y se fortalece en cuanto cae el sol.
Aún, y ante la espera, nadie me ha preguntado si de veras pienso en ello, todos han dictaminado cual jueces del olvido. No pensar más en ello, no prestarle trascendencia, es lo que me han dicho.
No obstante, y con todo el lamentar que refleja mi rostro, las emociones no me dejan rescindir. Por omisión o negligencia, soy culpable de la condena que pesa como carga sobre mi presencia: una incomodidad constante que me ofrece gratuita infelicidad, eterna quizás.
Por tanto, desintegro, hasta convertir en polvo, cada circunstancia que me ha llevado a hundirme tras el peso de la conmoción, pero el trastorno es tan ciego que sólo se transparenta, como única, la alternativa de una cruel venganza.
Sé que éste es un instinto sobrehumano, pues cuando me invade, mi interior se presta llano como campo de batalla, listo para amaestrar la ceremonia de una lucha incesante, y me provoca, cual la furia de un tornado, la ira por salir victoriosa.
Para redimirme de mi auto compasión, mi espíritu se escolta de un ejército de compulsiones, se monta al coraje de un noctívago salvaje y, con la espada al acecho, porta el estandarte de la muerte. Así, se entrecruzan los supuestos que, lastimosamente, incitan a los pensamientos latentes a levantarse súbitamente, sin prever con sigilo, un desgarre en la legítima sobriedad de mi humano juicio.
Con todo despliegue, el dolor no cesa, y reincido una y otra vez en busca de un indicio que despierte en mí el deseo de apartarme de la angustia. Sólo concluyo abrumada y abyecta:
Si mi cabeza tuviese ese dorado resplandeciente, quizás, y muy inseguramente tendría la ilusión de que sus ojos volviesen arrepentidos a posarse un minuto eterno sobre mis hombros, pero pareciera ser que éste nació con mirada encendida y corazón desesperado de luz.
Si mi cara fuese menos lívida de lo que aún puede ser, y si mis manos, fundiéndose en una suavidad natural, la cubriesen, quizás, yo imaginaría ser más deseable que esa boca que, dichosamente, recibe obsecuente el alimento de sus labios.
Si mi cuerpo pudiese ser recorrido con una fina cuerda que terminara abrazando mi cintura, y si sus brazos pudiesen sentirse fuertes ante la amenaza de mi aura recia, si tan sólo me pudiesen proteger, quizás, yo me dejaría caer desnuda al precipicio frío de sus pies, destruir con furia mis armaduras, olvidar toda resistencia.
Si mis piernas se irguiesen sobre el suelo como pilares de acero brillante, si fingiesen que dan sus pasos sin cuidado de avanzar lentamente, si terminaran intactas el recorrido de caminos de obstáculos y pretendiesen merecer una caricia insospechada, quizás, si mis piernas así fuesen, él caminaría nuevamente a mi lado.
Pero sólo ella, tan rubia, es toda así.
Y si, por algún motivo incierto, ella dando un paso en falso se topase conmigo en el llano de mis batallas nocturnas, me atrevería a escupir sobre sus pies; pero sé que tan inmensamente cobarde es mi saliva, que al mezclarse con el aire furioso de mi espíritu, se convertiría en una llovizna apacible. Y es que tan elegantemente saboreo esta vida, que la amargura que se escabulle por mis labios se transforma en sueños libres cuando soy rehén de la noche.

SOMBRAS

No son gritos, pero braman inmarcesibles al interponer estruendosamente un estallido en el silencio de mis oídos que permanecen sordos. Escarbo entre las razones lógicas que reservo sigilosamente, pero no se me ofrecen gratuitas para redimirme en la batalla contra la locura.
La cordura ya se ha vuelto tan confusa, que parece golpearme en el pecho con la furia de querer ser libre. Sin embargo, arriesgándome a perder el vuelo en el espacio de lo invisible, aun resisto en vigilia, aunque quisiera que mi cuerpo fuese indemne.
Pero, en el simulacro de esta demencia, mis dedos se hieren y caen débiles por intentar en vano excavar las paredes ásperas de la oscuridad, cuando cierro mis ojos.
Los murmullos, vengándose de mi enmudecimiento, estrangulan mi garganta para evitar que la corriente de aire cálido, la que mi ser extrae de la vida, me sostenga erguida en la integridad; y no se detienen hasta verme languidecer en el retraimiento.
Intento buscar por última (y errática) vez una luz bajo el peso de mis párpados que agonizan sin rendirse a la quietud y que, pretendiendo desgarrarse de mi frente, se vuelven libres al vuelo. Pero, en ese intento desesperado, hieren la ilusión desnuda que persiste ante mi rostro, y me dejan la mirada en blanco.
En ese despertar súbito, los latidos de mi corazón explotan volubles uno tras otro, fugaces e intensos en lo que dura un segundo, hasta simular un estallido fatal. Mis piernas fallan en dar un paso ágil que me hace retroceder, y como si se estuviesen arrepintiendo de anunciar su camino, se entregan débiles a la gravedad inevitable.
Mi estómago soporta el dolor dulce de un espanto brusco, y uniéndose a mi garganta por un lazo de amargura, se cierra implorando una caricia sublime.
Dicen que tenga miedo, pues hasta las sombras acechan vívidamente cuando no se puede ver; que me niegue a entregar la grandeza al descanso, porque éstas buscan alcanzarme para envolverme en su manto de oscuridad mordaz.
Me duplico y multiplico rodeándome de capas de piel espejada, que he labrado cuidadosamente para atravesar los límites de donde impera mi inestabilidad. Giro en torno a mi presencia ondulante, pero las imágenes difusas que de mí resplandecen se transforman en fantasmas lívidos de vestimenta translúcida, que se clavan en mí espectándome perdida y ciegamente, y flamean a mi alrededor descalzos de dignidad, sin rozar con el suelo; donde me recuesto inmóvil.
Se pueden vislumbrar sus badanas rasgadas cuando se acercan y, acariciándome el rostro, posan su aliento sobre mis oídos hasta dejarme sin temblor. Permanecer bajo su custodia es una perfecta compañía, pero en cuanto el tiempo se detiene, mi mente se vuelve temerosa y solitaria.
Así, me toman de las manos y, dibujando una ruta de caminos ocultos, he trazado un sendero con destino al desierto de la razón. Tratando de no pronunciar sus nombres, me escabullo del encuentro y acelero el paso hasta perderme en la realidad.
El despertar no implica siempre que se haya manifestado el sueño. A veces, es el calor de una mano humana que, transpirada, se apoya sobre la mía buscando entre mis dedos entrecruzados una señal de vida. A veces, se sienten como si fueran cadenas que me aprisionan en una celda de brazos fuertes que, briosos, quieren devolverme la cordura con una sacudida de torpeza. A veces, es una lágrima que, fugitiva, cae sobre mi piel gélida y que, al convertirse en hielo, resquebraja el chaleco sólido que recubre mi espíritu escarchado.
Los que, a veces, me han querido salvar de los miedos que me aturden con bramidos, no saben que éstos han nacido inevitables, y lo intentan, hasta cuando yo ya me he adormecido en la oscuridad .

SONIDOS

Latidos de sonido seco. El eco muere contra la piel. Los pasos no bastan para acelerar el cuerpo, los saltos no alcanzan para elevar hasta el cielo los brazos. Todo el ser se desliza tratando de sintonizar con el viento.
El universo fluye en el aire y aturde silenciosamente con un golpe de electricidad, no hay redes que atrapen las ondas de la vanidad. Arrasa con las delicias del éxtasis, y te dejas llevar.
Hay luces que han transmigrado y se saborean como jugo para tus caprichos. Calmas tu sed con el veneno de la libertad sin miedo de apartarte de la cordura, porque has probado el instante transparente de la realidad, sabiendo que las virtualidades te disfrazan y te acechan en cada amanecer.
La muerte te invita a sentirte vivo, no pienses en las bondades de la vida que te ha tocado. Las manos de la vida te han soltado al vacío, y no te han dado alas que te permitan flotar.
Tan cerca, o tan lejos, de reconocerte entre los placeres, está a tu alcance confundir el espíritu extasiado. El tiempo te ha regalado su curso para que lo conviertas en una sensación envolvente. Cerrás los ojos y te abandonás al engaño. Creés que lo tocás y se deforma como en una profundidad, te miente dominio y te destruye. Desaparece y te alcanza cuando la quietud de las ondas reposan en tu cuerpo. Si no abres los ojos te puede gustar, pero ignoras que dentro tuyo hay un mundo de silencios que te aturde cada noche.

EL GUERRERO

Una caja. Textura artificial arrugada por el tiempo. El vacío que la inunda. Dolor. Y una mínima esperanza que se convierte en furia al querer ser libertad. Barrotes, electricidad, óxido. El temblor está recorriendo la materia. Se aferra al suelo desierto y seco. Gritos de sufrimiento y ecos silenciosos. Irreversible, impermeable, asfixiante. Tendrá que guardar silencio en su interior.
Blancos y negros se enfrentan. Pálidos y oscuros explotan su existencia. Armas de fuego y heridas de plata. Picos y martillos excavan la tensión, los nervios se acumulan en avalancha de impotencia, no se puede llegar al fondo cuando la soledad es infinita.
La guerra. Se aproxima el rugido de la muerte, transmigración en todas sus dimensiones. No refulge como si la noche se vistiera de negro, se desliza opaca y se confunde con el fuego. No hay calor que soporte esta lluvia, los que sufren refregarán sus cuerpos para deshacerse de impureza.
Lastimar y destruir su piel. La galaxia se hunde, mas vacío. Las estrellas lloran derrotadas. No hay esperanza en esta existencia cuando la fusión es con la nada.
Energía apagada, pulcros demonios que juegan a la paz. Máscara y rostro fundidos, lágrimas que se deslizan y se suicidan en los labios.
No se puede salir decidiendo la derrota. El camino se cierra en la oscuridad y la luz apenas roza los límites de la protección. Un abrazo te podría salvar, pero los cuerpos mutilados apenas se arrastran como fenómenos y piden piedad.
Tranquilidad que desespera por su quietud y los puños se vuelven hielos. La coraza se derrite en sudor, luego se congela y se quiebra. Flagelo de un rayo de sol que se escapa, cómo recibir esperanza si el cielo se ha nublado.
Fin. Derrota y miseria de caídas y penas. Mordaza. De rodillas volverá a armarse, y ya ha decidido morir sin hablar. No le queda humanidad, la sangre lo recorre fría y sus ojos no ven que se ha vuelto inerte. Clamor y agonía se desprenden victoriosamente, no saben que la guerra es interna.
Despertar, apacible y tardío. Susto. Un nuevo pensamiento para equivocarse y destaparse. Sumergido en placeres de humo, distancias abismales. Caer con las manos atadas y empujar con la vida. Destino que se manifiesta, determinación inmutable. Todavía piensa en retroceder cuando un paso atrás es indigno. Descalzo, desnudo, desalmado. Pérdida. Loable virgen espiritual. No creo en la mentira inocente.
Palmas desiertas y visión nublada, no hay contacto que lo alimente. Mar inmenso, calmo, voraz. Libertad tallada en piedras, preciadas, brutas, lejanas. La vida se ha quedado mudo sin trascender, cierren la historia con un final feliz.
Algo está queriendo despertar. No lo calmen, no lo protejan, no lo alimenten. Tal vez la vida tenga piedad y lo deje ser. Tal vez la búsqueda no signifique encuentro. Tal vez los enemigos son quienes mantienen el equilibrio de lo absoluto.
La guerra no tendrá que guardarse en el corazón, no tendrá que significar locura, sólo será el ánimo abatido de la paz. Y finalmente, la paz será más inmensa de lo que los guerreros puedan comprender. Pero es posible, sólo tendrán que aprender la cordura.

ESTÉTICA DE MUERTE

Compró un vestido negro de terciopelo, con brillantes que le seducían los pechos, una larga cola de duelo y la espalda ausente. Eligió zapatos de taco aguja para clavarse en la tumba de sus sueños. El cuello, descubriendo la fragilidad de sus huesos, refulgía de glamour y aparentaba una desnudez apocalíptica. Y guantes de raso oscuro que ocultaban marcas anteriores a su convicción le cubrían los brazos que alguna vez se habían entregado al abrazo. Además, Chandón rebasando una botella escarchada de su propio sudor y gotas de lágrimas que le daban su espíritu; una alianza de oro blanco e inscripciones de fuego que adornaban su mano temblorosa con la felicidad ausente; maquillaje transparente de pálidos y delineados perfectos que resaltaban la oscuridad de su mirada.
Aun así era feliz, con un disfraz de diosa natural que agonizaba en la despedida de su amor imperfecto. Y en su mente desfilaban océanos sin puertos contaminados de pétalos secos y olvidados. Tinieblas delante de su visión empañada que al parpadeo le rogaba la rendición. Pero su corazón no la detenía, era poderoso y único camino de omisión.
Levantó el volumen de la música de fondo para mantener el equilibrio en sus pasos danzantes, y gritó por última vez, tan fuerte como el ruido del silencio. En su mano tenía un cuchillo de plata con el que había desmenuzado su conciencia, lo elevó hasta su mirada y lamió el filo con una cuidadosa suavidad. Y se cortó la lengua para no poder besarlo.
La sangre caía desde su boca como una catarata de dolor, con destellos que sufrían la soledad de un alivio. Goteaba desde su quijada sin rozar su cuello que temblaba con los sonidos que emitía su alma muda. Sus pechos se teñían de la tonalidad de su sangre incolora y subliminal.
Lo gélido de la mortandad sobre su piel la hizo reaccionar de inmediato, y resbaló la copa de champagne rompiéndose la armonía. Pero no podía dar un paso atrás porque el espejo la miraba estupefacto y ansioso. Hizo círculos como entregada al viento y se rindió sobre sus rodillas rompiendo uno de sus tacos. Dejó caer el cuchillo a su lado y se columpió en su cabello como apartándose de su cuerpo estropeado. Y su boca no alcanzó para abrirse al grito de sufrimiento, como si fuese el grito mas horroroso y deforme del que su propia garganta fuera capaz. Se golpeaba el estómago con el puño como si fuese un error imperdonable y se lamentaba con cada lágrima y cada gota de sangre.
Ya los ojos no se veían tan deslumbrados por su convicción, y ella sabía que dudaba, pero no podría reconocer un último fallo, su historia no podría terminar en frustración. Debía morir, tenía que conseguir una última victoria.
Tomó la botella de espuma de alcohol y se la tiró en el rostro para sentir las caricias de la frescura, y así, no dormirse en la fantasía de una solución. Cortándose los dedos con el propósito de apartar el miedo, sujetó el arma por la hoja casi transparente. Se arrodilló y levantó la mirada al techo como esperando encontrar ese rostro aunque fuese la última vez, pero no apareció, no tuvo piedad de ella. Lo extrañaba, lo extrañaba mucho, pero no podía invocarlo nunca mas, no podía derrotar la compañía de su soledad.
Con un movimiento muy lento y doloroso, la hoja del cuchillo fue perforándole el corazón, y aunque estaba medio muerta sentía la fuerza suficiente como para clavárselo hasta el fin. Bastó la mitad del puñal de plata dentro de su pecho para que su cuerpo cayera hacia adelante como en cámara lenta y sin producir ruido. En ese momento el disco dejó de girar.

GENTE NUEVA

Estoy muy cómoda, o quizás, más bien, muy acostumbrada, o quizás, no tanto, pero relajada al fin, así me siento ahora. Suena el timbre anunciando que me vienen a buscar. Con aire de burla y apuro me dicen que salga pero que me abrigue. Llueve, afuera. Veo que llueve cuando me asomo y me atrevo a desencajar la mirada tras una ventana cubierta de celosía, vidrio y cortinaje que sirven para sofocar la ventada. Es la lluvia tan fina como viruta que, sin dejarse palpar, se hinca en la calle abrillantando el cemento con una intención dolosa.
Me dicen jocosos que me abrigue, porque el viento está algo furioso; que si todavía no hay prisa, me apresure a buscar un abrazo impermeable. Ellos saben que tengo con qué abrigarme. Tengo algunos abrigos guardados, pero no me gusta usarlos, o más bien, no me gusta tener abrigos y amigos desabrigados. Yo me imagino pensando si acaso no habrán venido a buscarme en busca de mis abrigos, con la idea firme de aprovechar las pesadas telas empolvadas, un día lluvioso.
Me dicen que afuera es divertido, que lo que de afuera me guarde en el bolsillo del impermeable, ese que me hará inmune a las desventajas de cualquier desamparado, será para siempre causa de un vicio alegre. En cambio, otros, no ellos, me han dicho que el andar afuera es peligroso, que a lo que el afuera insita es a despojarse uno de los méritos intactos que se cuecen con el esfuerzo abocado a la búsqueda de una exhibida y virtuosa tranquilidad.
Por mi parte, permaneciendo adentro, sin necesitar de la condición inmune que me hace valuable para ellos, estoy cómoda y ligera. Como envuelta en una sensación apacible de costearme a beneficios de ser una víctima más del frío, dispuesta a olvidar el azotazo de su condición prescindible.
Estoy adentro y cubierta de comodidad, pero cuando recibo la invitación, surge en mí una impaciencia con la voluntad a punto de manifestarse en mi desconcierto. Cómo o qué tendré que hacer para animarme finalmente a salir si, en cuanto me pongo a pensar en la lluvia, se humedecen mis frágiles planos, es lo que me pregunto. Lo que pregunto. Nadie me responde cómo o qué. Unos me dicen que la lluvia es vida; los otros, que la vida es arriesgarse.
A mí me gustaría correr el riesgo de arriesgarme, o algo así me da vuelta en los pensamientos espejados. Arriesgarme, pero sólo si con certeza yo supiera que puedo volver a entrar en cuanto mi antojo así lo recrimine, olvidaría las dificultades del cemento resbaloso y sofocadamente me sentaría a estar bajo la vida. Pero aún, y ante la prisa del destino, nadie me dice que los riesgos dan a veces ese paso atrás.
Estoy vidriada y algo compungida, pensando con un pie afuera y el otro adentro, sin querer lanzarme a la determinación en tan escandaloso enclave. Pensando, con medio y medio paso que, una vez que salga del todo y no pueda volver a entrar, vendrá el tiempo del arrepentimiento; que una vez que se aleje el lluvioso pensamiento, recién podré librarme; que una vez que acometa la salida y pueda volver para asaltar la entrada, recién pensaré cómodamente en arriesgarme más a menudo.
Con todo, y aun adentro mas que afuera, y aun mas cerca que mas lejos de la puerta, pretendo suponer que no es cobarde querer permanecer cómodamente adentro, y pretendo suponer que no es cobarde arriesgarse a salir.

AFUERA

Estoy muy cómoda, o quizás, más bien, muy acostumbrada, o quizás, no tanto, pero relajada al fin, así me siento ahora. Suena el timbre anunciando que me vienen a buscar. Con aire de burla y apuro me dicen que salga pero que me abrigue. Llueve, afuera. Veo que llueve cuando me asomo y me atrevo a desencajar la mirada tras una ventana cubierta de celosía, vidrio y cortinaje que sirven para sofocar la ventada. Es la lluvia tan fina como viruta que, sin dejarse palpar, se hinca en la calle abrillantando el cemento con una intención dolosa.
Me dicen jocosos que me abrigue, porque el viento está algo furioso; que si todavía no hay prisa, me apresure a buscar un abrazo impermeable. Ellos saben que tengo con qué abrigarme. Tengo algunos abrigos guardados, pero no me gusta usarlos, o más bien, no me gusta tener abrigos y amigos desabrigados. Yo me imagino pensando si acaso no habrán venido a buscarme en busca de mis abrigos, con la idea firme de aprovechar las pesadas telas empolvadas, un día lluvioso.
Me dicen que afuera es divertido, que lo que de afuera me guarde en el bolsillo del impermeable, ese que me hará inmune a las desventajas de cualquier desamparado, será para siempre causa de un vicio alegre. En cambio, otros, no ellos, me han dicho que el andar afuera es peligroso, que a lo que el afuera insita es a despojarse uno de los méritos intactos que se cuecen con el esfuerzo abocado a la búsqueda de una exhibida y virtuosa tranquilidad.
Por mi parte, permaneciendo adentro, sin necesitar de la condición inmune que me hace valuable para ellos, estoy cómoda y ligera. Como envuelta en una sensación apacible de costearme a beneficios de ser una víctima más del frío, dispuesta a olvidar el azotazo de su condición prescindible.
Estoy adentro y cubierta de comodidad, pero cuando recibo la invitación, surge en mí una impaciencia con la voluntad a punto de manifestarse en mi desconcierto. Cómo o qué tendré que hacer para animarme finalmente a salir si, en cuanto me pongo a pensar en la lluvia, se humedecen mis frágiles planos, es lo que me pregunto. Lo que pregunto. Nadie me responde cómo o qué. Unos me dicen que la lluvia es vida; los otros, que la vida es arriesgarse.
A mí me gustaría correr el riesgo de arriesgarme, o algo así me da vuelta en los pensamientos espejados. Arriesgarme, pero sólo si con certeza yo supiera que puedo volver a entrar en cuanto mi antojo así lo recrimine, olvidaría las dificultades del cemento resbaloso y sofocadamente me sentaría a estar bajo la vida. Pero aún, y ante la prisa del destino, nadie me dice que los riesgos dan a veces ese paso atrás.
Estoy vidriada y algo compungida, pensando con un pie afuera y el otro adentro, sin querer lanzarme a la determinación en tan escandaloso enclave. Pensando, con medio y medio paso que, una vez que salga del todo y no pueda volver a entrar, vendrá el tiempo del arrepentimiento; que una vez que se aleje el lluvioso pensamiento, recién podré librarme; que una vez que acometa la salida y pueda volver para asaltar la entrada, recién pensaré cómodamente en arriesgarme más a menudo.
Con todo, y aun adentro mas que afuera, y aun mas cerca que mas lejos de la puerta, pretendo suponer que no es cobarde querer permanecer cómodamente adentro, y pretendo suponer que no es cobarde arriesgarse a salir.

DESNUDA DE VIDA

Viste de negro. Y él, contra toda valentía, logró pronunciar en aquel leso instante que de la tinta absorbía un lindo color.
Hebras que, al enredarse, le tejen el cuerpo. Símiles redes impermeables a la risa más alejada e ingenua de humanidad. Cubiertas con rajas, convalecientes y alzadas contra la burla más hiriente de sus ojos empañados.
Alma presa de lo que su visión ha reconocido en la prueba de contornear las alas de un ángel, ávidas de someter a la figura diminuta con una sombra proyectada desde su sol oriental; cual estetas de un febril perecer.
Se le escapa un brillo por la piel intocable, que se desluce de transparencia en el deseo de morir semejada a las curvas de porcelana esencia. Permanece en el transcurrir de su vitalidad, tiesa de enceguecida blancura y aislada de la humedad que, incapaz de penetrarle, goza en el desliz de la mentira.
No alcanza para comprender. Y él, sin pecar en el olvido, alguna vez se sintió dueño de su pulcra volición.
Dolosas telas que, robándole su viciosa oscuridad, la esconden bajo el fulgor de insignificantes destellos, delatores de su lumínica debilidad. Concediéndole el reinado bajo su corona de estrellas inertes, un fingir le reviste el cuerpo con la mentirosa noche.
De a poco le va sacando, como el desgaste tras el dominio del tiempo y, sin embargo, y a veces, en su presencia parece más abundante. Entonces, esos días de repentino odio abrasador, ni siquiera puede soslayar, engañosa, otro lindo color que, en la apariencia, invada de vez en vez sus deseos infestos del gratuito decir de la emergente vida.
"...Dale vida, dale vida..." le alienta en falso alguna voz. Con amargo resabio y aturdido espíritu, un espasmo de cansancio la puede confundir y atraparla infiel e insegura de su existencia.

ESPERA

Desnuda frente al espejo, deteniendo la mirada sobre las arrugas que se descubren entre mi piel, y que pretenden pasar desapercibidas, encuentro que nada ha cambiado.
El tiempo, carente de su esencia natural, se ha convertido en la estaticidad de mi memoria, y los recuerdos, al enredarse con mi existencia se diluyen de a poco, en mi único intento de recuperarlos.
Hay caminos difíciles de transitar cuando intento poner en marcha las imágenes de mi transcurrir, porque aun no logro determinar el propósito, el enclave que me somete a este momento y a este lugar estrecho y rodeado.
Mi estado de latencia va ganándole a mi condición manifiesta, y en medio del llano espíritu, me encuentro enredada en la táctica de la lucha interna, mientras gatillo contra mi fortuita existencia.

REPROCHES

Está en la habitación preparándose para el baño nocturno y una llamada interrumpe el proceso de despojamiento: algo así como dar comienzo a una serie de sucesos con el golpe estruendoso de un campanazo desconcertado, en la sinfónica incertidumbre; sin su nota, sin instante justo, sin su ritmo.
Al momento en que se encontró la sensación refrescante de la lluvia con el cuerpo árido y sediento, ya pensaba en otras pieles para cubrirse de la noche especial, alunada y libre de miedos, en medio de la gran ciudad atemorizante. Ya pensaba también en la salida decorosa de su andar escaleras abajo, que con cada paso la alejaría de su presagio durmiente.
Envuelta en telas de toalla, humedecidas de mañanas sin sol ni terrazas, o de prisa y expresión holgazana, llamó inoportuno el sonido seco de un puño contra la puerta añeja e imponentemente carcelaria.
Pero no era el mismo desconcierto, no era la misma palpitación asustándole el pecho. Sin aviso, algo que traía alguien consigo, se burlaba de los minutos en el reloj de su libertad.
Qué poco se sabe de las buenas sorpresas en un pueblo alejado de los peligros del abuso, en una tierra que se extiende chata tras la aplanadora de la mediocridad civil. Pero en una gran ciudad la sorpresa es real, sorprende desde el momento de su inhóspita aparición y hasta cuando ya se esfuma tras una ambición aún mejor.
Entra la persona como queriendo haber estado allí con ella por más de unas horas antes, por más de unos días, con prisa y abrumada de tardanza. Luego sabrá que, al fin, habrá querido estar allí por más de una vida entera. Ella no resbala en su intento de cubrirse inútilmente, inútil porque él no la ha mirado más allá de su rostro avergonzado y sus ojos cubiertos de no sabe qué: si una imagen harta vista, o si un sentido de la compasión y la resignación.
Trae jazmines en una mano y un puño cerrado hace de la única otra. Nunca hubo flores para armonizar, ni acallar, ni perdonar, ni siquiera para comer. El por qué de tener que aguantar el olor nauseabundo que ciñe por la cintura el ramo a punto de pudrirse, es sólo una cuestión romántica para el oferente, y una falta de lógica o una ofrenda encaprichada para la desinteresada, que se desintegra impregnando de desidia la habitación.
Él espera unos instantes a verla sonriente y entregada a los jazmines de la fortuita llegada; acaso aun no sabe que ésta es una noche de rechazos y pocas despedidas.
El por qué de que en cuanto se han enfrentado en la sala oscura y de techo alto él se ha desnudado y ella se ha cubierto, es lo que no encuentra su coincidencia, ni su no coincidencia. Él está llorando y pide disculpas por haber robado aquellos jazmines siniestros que ofrendó de puro amor; por haber robado capullos blancos y no fastuosas rosas negras para una chica de gustos sombríos; por haber confundido el perfume de la piel entre tanto hedor natural, que a la vez, y de pronto, le resulta tan repugnantemente desdeñable.
Ella no concibe alguna coherencia que se pueda escupir, no encuentra una sílaba que suene muerta y silenciosa y a la vez logre golpearlo fuertemente en lo más profundo de su hombría deshecha. Le ha traído un poco de muerte a medianoche, ya no podrá hacer nada que borre esa imagen de agonía cubierta de un sobretodo pesado como sus palabras de deshonra.
El cuerpo masculino cae sobre las rodillas y ruega otra oportunidad, ella sólo se ha encontrado quitándole con dificultad el abrigo en que se hunde y besándole la boca en respuesta, para decirle que no hay un sí, ya nunca más. Él no entra en su razón insoportable, sólo imagina que ese beso es la más sabrosa lágrima acariciándole los labios ensangrentados de tanto morder la desgracia. "No podrías haber dado tal beso si, acaso, no me amaras tanto como yo amo", le miente casi desconsolado; y ella llora semejante confusión: descubre que ha besado a su propio hijo en los labios y lo ha llevado directo al infierno, el beso incestuoso ha ratificado el designio de miseria y desdicha, ha condenado a la madre y al hijo a la muerte envuelta en sus babas; sólo por apresurar su partida.
Ya no siente que la voluntad ebria se le sube en la espalda tiesa para alcanzarle la frente. Se descubre cabizbaja mirando al niño caído a través de sus pechos endurecidos de frío interno. Se le ha ido toda la fuerza y la determinación tras el roce de tan suave piel, tras el antojo de dominar esa ingenuidad en el juego ya ganado de su realeza incesante.
Sellen las bocas de la locura una noche de rechazos y despedidas. El teléfono no ha vuelto a sonar nunca más porque los oídos se han vuelto sordos, porque ya están muertos y empujados de la gran ciudad, a pleno vuelo animal entre la luna que es ciega y las estrellas que son cegadoras.
"No te quiero - dijo ella - ni te confío, ni te animo, ni te sustento" (¿para qué hablar de desencanto si sus ojos delatan el brillo de la hipnosis?). "Si no me querrías no habría nacido de tu dolor tan humano gesto, no me hubieses tocado con tan deseosos labios, con tan ardiente pasión" – replica el niño absorto con el brillo de sus ojos, casi consciente de haber ganado otra vez en el llano de su voluntad. Es una pugna idiota, nadie está exento de los errores del alma, de las desventajas de la inestable cordura de los enamorados, de la incertidumbre que es el amor prematuro, de los deseos de un cuerpo que sabe de pecados y que se ha unido al espíritu pecador.
En fin, han terminado haciendo el amor en la suciedad del piso de la sala oscura y de techo alto, las flores han caído por la ventana y se empieza a perfumar el ambiente con ya sólo su recuerdo infestado. En un abrazo, él se ha desmayado y está recostado en el piso con los ojos cansados de llanto. Ella se ha vuelto a empolvar la piel de aridez y otra vez tiene sed. Lo toma entre sus brazos y lo trae hacia ella y su cuerpo envolvente. La serpiente nace de su boca y le rodea el cuello a punto para tragarlo. Él se ha dejado tragar por la garganta profusa y ha venerado su fin. Antes de ser mudos, se prometen un secreto trascendental: no recordarse, no en esta vida. Quizás en la siguiente, al otro lado del mundo, el pecado encuentre una chance.

DOPAÍNA

No hay un camino intransitable tras el paso incesante, ya el estruendo de la victoria encausada barre el infortunio de la tierra que escatima el ansia.
Mi vez fue alguna sin tiempo, me resta la calma y la quietud me besa insensata.
Uno más que se ha ido al tacho de la misericordia, no me absorbe la ilusión de encontrarme en otro espacio banal, ya cargo con la marca de la humanidad en serie, ya decido entre el todo o la nada.
El egoísmo de tu inseguridad te va tachando la mirada, no me ves desnuda de complejidad porque sólo me mirás empañado de recuerdo, no me buscás libre de mis deseos porque sos preso de tu cobardía.
No te creas impune aunque, absolviéndote en el presente carcelario, te sientas libre: nadie juzga más injustamente que quien se afana en el hurto de la tranquilidad tras un velo de negligencia y olvido.
Estar ahora no siempre significa el mismo presente, porque lo que alguna vez compartimos nos dejó en el pasado atados a distintos fines, y sin las ganas de arremeter contra otra oportunidad y con nuevas perspectivas.
Si estoy confundida es porque no puedo ver el protagonismo que reposa en tu filosofía, o acaso porque fuiste incapaz de compartir lo más profundo de tu verdad, por creer que estás relegado a vivir espontáneamente, con una causa también vana.
Mi designio nunca sugirió un final eterno, sino más bien un halo de humanidad con el cual batallar en el campo de la lejanía. Me absortó tu incredulidad cuando desconfiaste de mi intención, porque no te ofrecí permanecer en silencio a cambio de un presagio sustancial.
Ahora entiendo que mi confusión se abrazó con tu determinación en el aire, y que no me dejaste respirar en ese vacío, quizás por ello tenga que ser yo quien se agracie en el futuro, porque aunque no me quieras ver, sí estoy más allá de hoy.



DETRÁS DE MI

Me dijo que me volviera a mirar (ch...ch...). Aunque desconfiando de lo que mis ojos se aprestaran a ver (porque pensaba en ese momento que bien yo sé que, a veces, me domina el deseo de no ver lo que me puede atemorizar), yo me volví.
Pero esta vez, la ceguera no fue complaciente y se me lastimaron los ojos y me dolieron como duele el llanto de impotencia y, rindiéndome a la voluntad de escaparme, los tuve que apagar en un cerrar de mis párpados recios.
Ahí estaba, había bastado con sólo girar el cuerpo para verla frente a mí, o tras mío, y más cerca de lo esperado. Tal vez, estaría burlándose con esa carcajada que le carcomía la cara exageradamente. Tal vez, estaría librando al aire su alegría que tan espontáneamente le regalaba un gesto de ridiculez: una carcajada provocada por la impunidad de su aparición efímera, reiterada y dolorosa.
De mi lado se alejaba, desnudándome, la cordura revestida de tristeza. Y casi certeramente, en cuanto más lejos se fuera corriendo, las alucinaciones empezarían a bailarme la cabeza como festejadas con hedor de dulce alcohol. Me arrebatarían el juicio sin clemencia, y luego se resbalaría, convexo dentro de un halo de hipertermia, mi cuerpo pudoroso.
Me dijo que despertara golpeándome la espalda. Me desperté, pero no porque haya recibido fiel la fusta de la cruel orden, sino porque la espalda rígida se me encorvó al quebrarse por un golpe frío e inesperadamente excitante.
Pero cuando desperté, olvidé que ya no había en mi ni un resquicio por donde me apresara un poco de dignidad, y me tuve que entregar, cual sectaria sumida a la inobservancia de su imponente dominio.
Casi logrando sentir algo de vida, se me iban diluyendo las ansias de respirar, se sentía el aire tan pesado en derredor a mi presencia que simulaba apoderarse de mí como un aura de malicia, quedando yo, como revestida de agonía.
Empecé a saltar. Tan alto saltaban mis piernas, que mi cabeza llegaba a golpear contra el techo que, con cada cabeceo, se abría al cielo inmenso y alunado.
El cielo fastuoso con la elegancia que le regalaban unas cuantas estrellas de sustancias brillantes, me acogía con un abrazo de noche oportuna. Noche que se intercalaba por un intersticio de un día sin tiempo en el que mi existencia trascendía por última vez.
Ya nunca me tuve que volver a mirarla, ni pensar en que algún día la descubriría tras de mi, ingenua y abusiva, con tan sólo girar el cuerpo. De ahora en más, cual discípula del destino, me confinaría impune en busca de los cuerpos inquietos que esperan por la quietud de la muerte.

DESPUÉS ESTÁS

Ingresar en la sala velatoria ya me aprieta el pecho como si me hubiesen dado un golpe con el puño de la tristeza. No quiero sentir la brisa de la muerte sobre mi ropa liviana, porque por la noche las telas no se desprenden de mi espíritu. No quiero impregnar con mi respiración viva el círculo de gente reunida y perturbada, no hay café caliente sino humo que fluye de las bocas endurecidas y empaña la vista. Aunque tu presencia llene la habitación mortuoria, dar un paso hacia tu encuentro significa muy poco para mi eternidad. No sé por qué te encaprichás en dejar tu cuerpo recostado sobre las bandejas de la costumbre, si nunca creyeron que fueses totalmente humano.
Quizás cuando se deslicen mis ojos erren en escapar de una mirada, porque aquello que es lúgubre para mi cuerpo impera sobre la escala del pensamiento; tanto, que me olvido de pensar en lo que hago, y hago tal cual ya lo he pensado. Pero yo no estoy muerta, aun se mueven mis piernas y deciden no acercarse a tu sarcófago. Sé que no elegiste ser miel de esa madera, pero la naturaleza es digna de tu esencia derrochada, y por haber resignado tu existencia, tendrás que soportar que te astille el tiempo mágico.
Mientras te digo que te quiero extrañamente, aun sin conocerte, pregunto tu nombre y lo corono. Ni siquiera me supiste viva y, ahora que no estás, me ofrecés el ejemplo de lo transcendental. Encendés tu rostro y me encandila tu blanca luminiscencia. Buena o mala es tu luz ahora, pero es más capaz de lo que ha palpitado durante tu vida. Algún factor externo se ha aliado con el interior de tu causa inmutable, y ha removido el hado de tu infortunio. Ahora sos ese cuerpo manifiesto.
Contame cómo es la experiencia de enfrentar el destino, cómo se erradica el alma que se ha tornado irascible con el mundo. Me dices entre los labios suspiros sin vida, me dices que los minutos son parte de tu eternidad, y te sigues yendo.
El diario cuenta la ficción que has sido de tu tragedia, y los estúpidos izados de la histeria no alardean de tu victoria. Comprender que has sido generoso con tu porvenir, por la única causa de nacer límpido y liviano un día inmemorial, no es fácil, no es lógico, no es estoico. No vale la pena pensarte como fuiste, no vale la pena hacer de tu paseo un paisaje. Ya no sos, desapareciste instantáneamente huyendo de tu agobio. Y aunque no elijas la suerte de regresar, vendrás mejor; no es fácil por ello comprender.
Te expropiaste de tu parte más humana, y te escapaste por la ruta de la iluminación. No es fácil entender que se puede cambiar el propósito con sólo decidirlo, cuando los poderes sofisticados nos han abandonado a la idea del sometimiento, a la idea de una muerte que no es parte de la vida, a la idea de que infundir terror es un fallo de la voracidad de los tiempos y a la de que tener miedo es el sentimiento más común entre los niños. No es fácil creer que existe la vida luego de la muerte, si no se cree que existe la vida antes de la vida; si no se cree que la vida no es sólo nuestra existencia, si no se cree que la vida no es nuestro paso sino nuestra huella.
Sólo salvo el instante en que nos conectamos temporalmente, cuando estamos dentro de la sala hacia donde peregrina la humanidad que no comprende, que no entiende, que llora hundida en tu sarcófago y sin embargo se aferra a las manijas de bronce para no caer igual que vos.
No es fácil aceptar que la muerte no duele, ni se siente fuertemente, que no me produce más que el deseo de comprenderla en sí misma, tan natural, tan espontánea, tan real y violenta. No es fácil haber experimentado las ganas de morir luego de haber sentido en el cuerpo lo que es la plena felicidad. No es fácil no esperar nada más que la repetición de aquel momento, y a la vez, creer que las cosas que ya fueron no volverán, o mejor, nunca serán ellas mismas fuera de su tiempo.
Me despido alegremente sin darte la mano, porque mi conmoción es demasiado infantil como para soportar el resfrío de tu piel. Dejame que busque el camino más largo de regreso, porque el más corto sólo me lleva hacia la calle.

DROGAS Y SEXO

El sujeto está sentado en una silla, a la mesa. Tiene el hábito de tomar una medida de whisky por la mañana, con el pelo revuelto, sin pantalones y una camiseta cargada de resabio nocturno. Tras la transparencia del vaso, mira cómo lo acaricia una boquilla barata de industria extranjera que juega a caérsele de entre sus dedos, y a la vez, piensa que ésta le sirve para canalizar la tensión del mal sueño que aun, a media mañana, le domina el cuerpo.
De vez en vez, mira de soslayo su media cara superior que se refleja en un pedazo de espejo algo opaco por el polvo, y piensa en sus padres, esos ciertos tipos de igual factor sanguíneo, pero RH negativos.
El doctor está en un rincón, posando sobre un sillón mecedor toda la pesadez de los años. Hoy no trabaja, pero circunstancial o equivocadamente se puso una camisa blanca y una lapicera con el trazo ilegible en el bolsillo del corazón. Trae zapatillas de lona que se le resbalan en los pies, conformes con la decisión de mantener los cordones desatados en homenaje al feriado. De vez en vez, se frota las manos una contra la otra y piensa en el sujeto sentado a la silla y también en mi, como si fuéramos enfermedades de una historia clínica lista para ser escrita.
El sujeto y el doctor se sienten cómplices (como si a mí no hubiese costado nada concretar esta cita), pero cuando se dan cuenta de que voy a tomar notas de lo que en nuestra conversación considere relevante, miran ciegos en derredor, como desconociendo los cargos que los relacionan entre sí.
Yo no estoy menos incómoda que ellos. En principio porque temo que quieran desnudar mi lenguaje y hacerme una mala jugada, y en seguida, porque de a ratos la mente se me pone en blanco cuando veo las drogas sobre la mesa.
Cuando señalo el vaso con alcohol, el sujeto me mira y me dice: "Dulce o seco, blanco o tinto, suave o fuerte, se mezcla con tu sangre". Huele el interior del vaso como si con el olfato lo estuviese saboreando, y bien lo define como "disfraz de la finura que embelesa el deseo sexual mientras perdés el control en el desempeño. Tu ansiedad y tus miedos se vuelven libertinos, pero tu organismo no conoce de tus límites. El alcohol es algo de enfieste o mucho de desastre sexual".
El doctor parece sorprendido, puso las cejas cerca de su cabeza (más allá de lo que su frente se lo permite). "Es así, – agrega con un aire de experimentado – el alcohol tiene un efecto paradójico sobre el comportamiento sexual: puede aumentar el deseo pero empobrece su desempeño. Una o dos copas inhiben el miedo y la ansiedad, por lo que se puede controlar e incluso prolongar el acto. El resultado, mucho goce y buen orgasmo. No obstante, abusar del combustible puede causar un desastre sexual, y a veces puede hasta producir impotencia transitoria. El resultado: algo de vergüenza y baja estima".
El sujeto, como intentando desviar la atención hacia lo que él tiene para decir, me ofrece un cigarrillo ya encendido: "Con el tabaco algunos dicen que no pasa nada bueno: 1) el hedor hace que te alejes aunque te inviten a los placeres; 2) a causa del deterioro de los vasos sanguíneos dicen que, por sable chico, perdés en el campo de batalla. El tabaco es un elegante vicio post sexual, aunque un genuino destructor de la estima masculina y la causa del incremento de mujeres histéricas".
El Doc se ríe y asiente, pero agrega que no es algo totalmente comprobado: "es cierto que algunos estudios sobre grupos experimentales han dado como resultado la afirmación: si se fuma se tienen todas las posibilidades de reducir el pene o dañarlo aun más que a otros órganos porque perjudica los vasos sanguíneos que son los protagonistas biológicos de la erección. Esto no se convierte por ello en una aseveración científica universal, y además, – sonríe – aun siendo yo un fumador resentido, no he notado la diferencia longitudinal en cuestión".
El sujeto hace iguales cosas que cualquiera haría en soledad sin inhibición, pero además, hace iguales cosas en compañía. No se sabe si experimenta el sexo con su yerba tan al desnudo por el solo placer de ser visto, o si lo hace por la ingenua travesía de engañar a la libertad. Sin embargo, lo que sí se sabe es que le gusta que lo miren, pero que no digan nada. Cuando le pido que me hable de cómo es el sexo bajo el efecto de la marihuana, guiña ambos ojos y levantándose de la silla, y acompañándose con los ademanes de sus brazos, se pone a recitar: "Luz, cámara lenta, acción. Los músculos se desperezan. Las sensaciones se intensifican. Aunque muy lentamente, el caudal del placer se introduce en los rápidos de la mente. ¿Límites sociales?, ¿sentido del tiempo?. Nada de eso. La percepción llega a la cima del touch; y repentinamente tus ojos se tiñen rojos de furia, pero al reírse denotan que tus intenciones se desvían hacia la paz mundial. La afable yerba te acompaña y esto es suficiente. ¿Vos pensás que Gandhi no pensó en el alimento para su revolución?. La marihuana: linda manera de acariciar; pero que no se encapriche muy a menudo, porque la testosterona, con dolor de cabeza, se irá a dormir".
Prendidos de un porro, los dos escuchamos las acotaciones del profesional. Los dos, o mejor lo tres, porque el Doc de repente habla como si no fuera él, pareciera que se le alejara y se le acercara la voz de la boca, y que el cuerpo se le fuera derritiendo de a poco en el piso: "la marihuana estimula, relaja, desinhibe, intensifica las sensaciones y desacelera las reacciones. Quien la usa experimenta un aumento del placer durante el acto sexual. Pero si se usa muy a menudo, se reducen los niveles de testosterona (hormona sexual masculina), lo que se traduce en la disminución del deseo y el desempeño sexual".
Entre droga y droga, debo admitir que tuve suerte: aquí estoy, sentada a la mesa, enfrentada con lo que creí que serían dos de los mas diferentes juicios sobre los estupefacientes, con un vaso de whisky, y despreciando otra pitada del faso que se consume entre los dedos del sujeto. Tuve suerte o quizás es otra alucinación, pero hasta ahora todas las palabras que intentarían matarse sobre mi anotador, parecen sustraídas de una misma enciclopedia. Acaso tendría que pensar en que mi entrevista terminará siendo un compendio entre la ciencia y la experiencia y abandonar la idea de los límites que éstas mutuamente se imponen en el imaginario de un colectivo que no es más que el que, supuestamente, nos deja bien a todos.
El sujeto me cuenta que los cuerpos nunca, hasta ahora, le habían resultado atractivos; que incluso, y durante mucho tiempo, experimentó con la auto satisfacción, adminículos electrónicos y vegetales, pero con todo, nada sublime allí se producía, absolutamente nada que se asemeje a los resultados que obtiene al experimentar el acto sexual con su femenina y fiel virgen. "Ella necesita sólo que mi volición se de por vencida ante su contacto para lograr que, en un instante, casi sin poder percibirlo, yo trascienda la cumbre orgásmica. Sólo ella es capaz de invadirme de tal forma que, conectándose con los orificios de intersección que hay entre mi cuerpo y el mundo, me muestra lo que es el pleno placer".
Antes de que me siga contando, se me escapa imprevista una pregunta que no quise olvidar de pronunciar: ¿Probaste con éxtasis?. El sujeto y el doctor se miraron pensativos, se pararon en el centro de la habitación y me arrebataron la pasividad: "¡Aaaaah!...paso para aquí, paso para allá. Salta tan alto y tan popular. Eufórico candidato de los felices. Escuchás cómo late el corazón del raver que cuelga en el centro de la pista; y te parece que hizo cortocircuito el cartel luminoso, si no, ¿de dónde salen las chispas?. Demasiado calor, que nadie se quite el sudor; que nadie se abstenga de convidarse de mi mineral, porque no. Porque esta es... ¡la Droga del Amor!. El éxtasis (E!) es una terapia perfecta para descargar energías y socializar. No se asemeja a los veranos norteños, pero sí que da calor. Hace que se te eleve el espíritu, pero nada más". "Sí - dice el doc. Los estados de euforia y sociabilidad aumentan, al igual que la energía física y emocional. Además el éxtasis puede provocar alucinaciones auditivas, visuales y de tacto. Pero su uso prolongado genera tolerancia y dependencia y los efectos que eran agradables se convierten en confusión, depresión, paranoia. Lo insólito de su slogan es que no está comprobado que aumente el deseo o el desempeño sexual".
El sujeto – me dice - supone que la ilusión humana de la plena satisfacción es altamente estrecha, y antes de que el sonido provocado por el choque de nuestros vasos, (que acaban de brindar compulsivamente por nuestra suerte), disipándose en el cuarto, se fusione con la música del silencio, bruto, ya se tomó un trago que, me doy cuenta por su reacción y su gesto, le dio picazón en la garganta: "A ella no tengo que pedirle explicaciones, me absorbe confiadamente y me abandono suelto a la experiencia para que se aventure en mí. Se manifiesta tan naturalmente que me llena de fuerza vital, y aunque la muerte esté latente, una inhalación de su belleza me vigoriza. Muy a menudo ella, no sé si con algún propósito o no, me libra tan dulcemente, que hasta pienso que se vuelve invisible. Clavándome una mirada sensual, se aleja de a ratos para probar si llego a extrañarla. Me deja solo a mí con mi cuerpo, para amarme de la manera más egoísta, pero sin errar en olvidarla".
El doctor se incomoda al ver que el sujeto apoya una bolsa con cocaína sobre la mesa. Su nerviosismo se pone en evidencia con el temblor de su pierna derecha que empuja histérica contra el piso. Cruza las piernas y me mira, mientras yo descubro una grabadora que oficiará de testigo cuando mis letras le pidan que reproduzca aquellas palabras que el sujeto escupe tenso sobre el nylon, y exageradamente enojado con la ficción: "Ya sé que soy la mejor, ¿te vas a arriesgar a perderme?, ¿a entregarme?, ¿a convidarme?. En cinco minutos te puedo clavar mi estandarte de conquista, cuando a vos sólo te alcanza el tiempo para inhalar. Juntos somos grandiosos, ya lo sé. Tara-ta-tán!...¿te gusta que te toque ahí?, ¿estás excitado?, ¿estás a mil?, ¿estás al palo?...Mirate cómo estás; y después alegás que sos inofensivo. Cómo te gusta el sexo impulsivo; al final, qué buen trabajo que me saliste. La cocaína, amargo y exquisito aliciente para el salvajismo carnal; pero como otros polvos, un día te puede ser infiel. ¡Por abuso!".
"Son sólo palabras de amor de la blanca – me ayuda a entender el hombre de ciencia. La falopa, la merca, en 5 minutos te produce un estado de euforia, de aceleración y de grandiosidad. Es altamente adictiva, disminuye el sueño, la fatiga, el apetito y produce una sensación de bienestar. Además, si es inhalada, aumenta la respuesta sexual. El problema comienza cuando se abusa de su consumo porque, a la larga, puede provocar esterilidad e impotencia sexual".
Después de que ha pasado un tiempo de reloj, tan compenetrada estoy (mientras el sujeto me habla de su incomparable y cortés doncella y mientras el doctor trata de ampliar la charla con su conocimiento o de confundirme con su olvidada adicción), que cuando la dama entra en escena sin pedir permiso y se recuesta frágil y fina sobre la mesa, extrañamente yo me siento cómoda con su presencia.
Supongo que, (ahora que el sujeto acerca una silla para quien es protagonista en nuestra charla), su cercanía me producirá cierta atracción. No sé si terminará por impactar en mi acetilcolina pero, hasta el momento, una especie de temblor interno me sube por las pantorrillas, y ya, tan rápido, lo voy sintiendo en la espalda, mientras ésta, con el rostro sonriente, se va acomodando entre nosotros: "Ahora tenés que animarte. Vas a comprobar que, aunque estés en medio de una multitud, o sólo yo te esté mirando, la dama te abraza tan fuerte y dulcemente que te hace sentir que están sólo vos y tu cuerpo terrenal. Pero no cometas el error de olvidarte de ella ni por un segundo, porque los que han olvidado cómo amarla han sido abandonados a lo peor de sus maltratos, condenados a la locura irreversible y a la cruel impotencia".
Con esta atractiva invitación, el sujeto, acercándose, me provoca una inusitada confusión. Ya no puedo negar que estoy siendo seducida ingenuamente, pero temo probar de la palma de su mano que, sin celos, se extiende convidándome. El doctor ya se ha tirado sobre la mesa y en sus ojos se descubre el ansia de atraparla. Se olvidado el pañuelo en el bolsillo, y la blanca le cosquillea la nariz. Cuando peco en mirar, una virgen radiante y con una risa se entrega dispuesta a jugar conmigo y mi cuerpo ansioso. Yo, no sé que hacer.